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miércoles, 15 de julio de 2026

Por qué usamos incienso en casa




Por lo general, los creyentes queman incienso en casa dos veces al día, por la mañana y por la noche, como momentos de oración y de acción de gracias a Dios. Por la mañana, el incienso se quema para glorificar a Dios por una noche pacífica y para buscar Su bendición para el día que comienza.

Por la noche, durante la oración, los creyentes agradecen por los acontecimientos del día y piden Su protección durante su descanso.

De este modo, el uso del incienso en el hogar se acompaña de la oración, fomentando un espíritu de reverencia y atrayendo la gracia divina.

Es costumbre que los creyentes quemen incienso antes de la oración, mientras leen súplicas o al hornear prósfora. Este acto sirve como un recordatorio de la presencia de Dios y del papel de los santos en nuestras vidas.

Fuente: https://www.facebook.com/share/r/1JeurLFCk5/


Hombres, ángeles y demonios en la lucha por el conocimiento de Dios. San Evagrio Póntico


Hombres, ángeles y demonios en la lucha por el conocimiento de Dios

San Evagrio Póntico 

De la naturaleza racional que existe «bajo el cielo» (Ecle 1,13), una parte combate, otra parte acude en ayuda del que combate, y otra parte lucha contra el que combate, desatando y levantando contra él una fuerte batalla. Los que combaten son los hombres; los que lo ayudan, los ángeles de Dios; y los que se le oponen, los demonios malignos. Pero si [en los hombres] disminuye o desaparece el «conocimiento de Dios» (Prov 17,2), [no es] por la gran fortaleza de los enemigos ni por la negligencia de los ayudantes, sino por la laxitud de los que combaten1.

 Es insólito, para una sensibilidad moderna, reunir ángeles, hombres y demonios en una única «naturaleza racional» (phýsis logiké); nos es familiar, en cambio, la idea de que los demonios son ángeles caídos, y por ello de la misma «naturaleza» que los ángeles. Para Evagrio, ángel, hombre y demonio son tan sólo expresiones del «estado» (katástasis) correspondiente —bueno o malo— en que se encuentra la «naturaleza racional»2. Esta «diferenciación» (diaíresis) es de naturaleza secundaria3 y está destinada, a través de la acción salvífica de Cristo, a ser superada. Con todo, en este eón es inmutable4.

 De estas tres clases principales, el hombre es el único ser que, gracias a su «cuerpo práctico»5, está en condiciones de mejorar o empeorar su «estado». No sólo puede transformarse en «ángel», sino también en «demonio»6. Esto significa, en conformidad con la limitación arriba anunciada, que en esta vida gracias a su gran pureza puede hacerse «semejante a los ángeles»7 e incluso llegar a alcanzar un «estado casi angélico»8. Si, por el contrario, se deja dominar por las pasiones, en particular por la ira, se hace «semejante a la serpiente» y se transforma en un «demonio»9.

 En efecto, se le ha conferido el órganon de su cuerpo humano para que ejercite las virtudes con este «instrumento»10. Sin embargo, su «libre voluntad» (proaíresis), su «poder sobre sí mismo» (autexoúsion), conlleva también la posibilidad opuesta de elegir el mal y hacerse esclavo del vicio11.

 Por tanto, la existencia terrena del hombre está determinada por la lucha y por la decisión12. En esto, vienen en su ayuda los ángeles13 y, en particular, el ángel de la guarda personal14, mientras que los demonios, siendo sus «opositores» (antikeímenoi), intentan de todo para hacerlo caer15. Esta lucha se despliega en buena parte en el interior del hombre al nivel de los «pensamientos». Mientras los ángeles le sugieren pensamientos buenos, los demonios le proponen pensamientos malignos16. El hombre está plenamente en condiciones de elegir entre unos y otros gracias a los pensamientos que brotan de las «semillas» de la virtud, sembradas en la «tierra» de la naturaleza humana en el momento de la creación, y por ello indelebles17. Tales movimientos de conciencia, como los llamaríamos, se encuentran hasta en los peores pecadores, ¡incluso si éstos estuvieran en los infiernos18!

 De este modo, nada le falta al hombre para hacer el bien y oponerse al mal. En caso llegue a ceder en esta lucha realmente impar, la culpa será sólo suya19. Como demuestra Evagrio con muchos ejemplos en el libro octavo del Antirrhetikos, negar esta responsabilidad personal es una de las más peligrosas tentaciones: la soberbia. Ésta, bajo la forma de la blasfemia, rechaza la propia responsabilidad humana, incluso en el caso de la fornicación20, como también la asistencia de los ángeles21, es decir la providencia de Dios22. Por este camino se llega también, lógicamente, a la negación de la justicia de Dios en la retribución del bien y del mal23.

La conclusión de este primer párrafo menciona el núcleo alrededor del cual gira la reflexión de Evagrio: el conocimiento de Dios, es decir, en primer lugar, el conocimiento indirecto de Dios a través de la contemplación de lo creado (physiké), en el que Dios se revela por medio de sus obras24; luego, el conocimiento de Dios mismo (theologiké) en el encuentro inmediato con las tres Personas divinas25. Ya que este conocimiento inmediato de Dios aquí en la tierra se realiza en la oración «en espíritu y verdad», Evagrio puede también decir que toda la lucha entre nosotros y los demonios gira únicamente en torno a la «oración verdadera»26. Así se repite, en el plano de la vida de cada día, lo que sucedió en el «inicio» sin tiempo, meta–histórico. A causa de su negligencia (améleia), los espíritus creados fueron privados27 de su unión inicial con Dios y, con ello, también del conocimiento de Dios que les pertenecía en los orígenes28.

 Por tanto, ¡lo que aquí está en juego no es otra cosa que el propio destino del hombre!

Fuente: Contra los Pensamientos Malignos.

Paginas 13-18 

Evagrio Pontico


1 Ant., Pról., 1.

2 Ver In Eccl., 6,10–12 (Géhin 52).

3 Ver In Prov., 17,2 (Géhin 153).

4 Ver In Prov., 1,32 (Géhin 16).

5 Ver KG, IV,82.

6 Ver KG, V,11 y III,76.

7 Or., 113.

8 In Ps., 118,1710θ; ver 57,5β.

9 Ep., 56,4.6.

10 Ep., 57,4.

11 Ver In Eccl., 6,10–12 (Géhin 52).

12 Ver Pract., 48.73.83.

13 Ver Or., 81; KG, VI,35.86.

14 Ver In Prov., 19,4 (Géhin 189).

15 Ver Pract., 45; véase también 84; In Ps., 16,11ε, etc.; Or., 10.47ss; KG, I,25; III,41.


16 Ver Ep., 18,1–2 (véase Sk., 18; Mal. cog. r.l., 31); Pract., 24.

17 Ver KG, I,40; Ep., 43,2.3.

18 Ver Ep., 43,3 (KG, I,40); In Prov., 5,14 (Géhin 62).

19 Ver Pract., 6; Ep., 25,2.

20 Ver Ant., II,4–5.

21 Ver Ant., VIII,3.7.

22 Ver Mal. cog., 5.

23 Ver Ant., VIII,16; ver In Eccl., 6,10–12 (Géhin 52).

24 Ver Ep. fidei, 12,41–42; In Ps., 17,12z.

25 Ver Pract., Pról., 8; ver Ep., 58,2; KG, III,41.

26 Or., 50; ver 51.

27 Ver KG, I,49.

28 Ver KG, II,3.


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