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martes, 28 de marzo de 2023

Focus Fasting: una reflexión sobre el gran ayuno. Padre Atanasio Demos.A




En mi vejez me he dado cuenta de que personalmente necesito concentrarme rápido durante la Cuaresma y todos los demás períodos de ayuno del año eclesiástico. Como en la mayoría de los casos me he centrado en lo que debo o no debo comer y cuánto debo o no debo comer. La comida ha sido el foco que ha absorbido mi atención. Ahora, a medida que envejezco, me inclino hacia un enfoque diferente... no tan centrado en los detalles particulares sobre qué y cuánto como, más bien para concentrarme en comer mucho menos y de lo que es más saludable para mi cuerpo: lleno de vitaminas. vegetales, menos carbohidratos.

A lo largo de los años, he descubierto que muchas personas se ponen nerviosas, tensas e irritables durante los períodos de ayuno porque luchan por controlar su apetito y disciplinar sus cuerpos. ¿Mientras que el ayuno de alimentos está destinado a reflexionar sobre la lucha espiritual contra el pecado? es decir, ayunar del pecado: este último enfoque parece disiparse, ya que la lucha por la comida se convierte cada vez más en un enfoque central. Nuestros amigos pueden corregirnos si nos ven comiendo algo que no es "comida en ayunas" pero se ríen de una broma subido de tono o el uso de malas palabras. "No deberías comer eso si eres realmente ortodoxo..." ¿Qué hay de "No deberías decir, pensar o hacer eso si eres realmente ortodoxo"? No nos atrevemos a profundizar en el aspecto pecaminoso del ayuno, pero sí nos atrevemos a centrarnos en la comida.

Tal vez nuestro enfoque debería intensificarse para concentrarnos rápidamente en el enfoque real: concentrarnos en lo que debo o no debo pensar, concentrarme en lo que debo o no debo decir... concentrarme en lo que debo o no debo hacer. Mi enfoque rápido debe centrarse en lo que come esa persona en el espejo y cuánto come... en lo que piensa y cómo piensa... en lo que dice y por qué lo dice? en lo que hace y por qué y cómo él lo hace.

No puedo hablar por ti; Solo puedo hablar por mi mismo. Pienso que esta Cuaresma me voy a esforzar por concentrarme intensamente en ayunar de mis pensamientos, palabras y obras... preguntándome por qué pienso, digo y hago las cosas... qué razonamiento o excusa tengo para pensar decir o hacer cosas... y si mis pensamientos, palabras y acciones son dañinas o beneficiosas para los demás y para mí mismo. Sobre todo, debo reflexionar sobre mis pensamientos, palabras y acciones, y preguntarme si traen Gloria a Dios Todopoderoso. Si no lo hacen, incluso mi ayuno más estricto en todas sus formas puede ser hipócrita. Si lo hacen, entonces el Servicio de Resurrección de Pascua traerá una sensación de alegría aún más profunda al saber que, de alguna manera, el ayuno acercó a Dios a mi alma indigna. Ruego que Dios te bendiga para que, en todas sus formas y en cualquier grado, ¡tu ayuno te acerque aún más al Dios Todopoderoso! De hecho, oremos unos por otros, para que al estar más cerca unos de otros, todos nos acerquemos aún más a Dios. ¡Rezo para que experimentemos una Cuaresma bendita, inspiradora y santa!

Fuente: Arquidiócesis Ortodoxa Griega de América.



viernes, 3 de marzo de 2023

EL VERDADERO SIGNIFICADO DEL AYUNO EN LA IGLESIA ORTODOXA



Cuando pensamos en el ayuno en la Iglesia ortodoxa hoy en día, nuestra mente se dirige casi de inmediato a ciertas reglas relacionadas con lo que podemos y no podemos comer. Además, esta práctica está especialmente asociada con la Gran y Santa Cuaresma. Y así, cuando se trata de este ayuno de “cuarenta días”, hay algunos que centrarán casi exclusivamente toda su atención en familiarizarse con todas las prescripciones de la Iglesia con respecto a cuándo deben abstenerse de determinados alimentos. Luego, hay algunos que pueden hacer un gran esfuerzo, revisando meticulosamente todos los ingredientes de ciertos alimentos en los supermercados, por ejemplo, para asegurarse de que no haya rastros de alimentos que saben que no están permitidos durante los períodos de ayuno, también regocijándose con deleite. cuando encuentran sustitutos para su comida favorita.

Sin embargo, una pregunta que surge con razón es si de hecho se trata de ayunar.Si la Gran Cuaresma es un tiempo preparatorio dentro del año litúrgico de la Iglesia destinado a preparar a los fieles para encontrar a Cristo resucitado en el día de Pascua, ¿cómo ayuda tal comprensión del ayuno en este viaje “espiritual”? ¿Es este el verdadero significado del ayuno? ¿O lo hemos reducido simplemente a reglas sobre qué alimentos están permitidos y cuáles no?

Al estudiar algunos de los himnos que se encuentran en el Triodion , un libro litúrgico del cual se cantan muchos hermosos himnos durante el período de la Gran Cuaresma, la esperanza es que podamos recuperar el verdadero significado del ayuno. Este enfoque es plausible en la medida en que los himnos de la Iglesia Ortodoxa, en general, reflejan su visión teológica; de hecho, revelan, en forma cantada, la perspectiva teológica de la Iglesia Ortodoxa. Más específicamente, veremos brevemente ciertos himnos conocidos como “ Aposticha idiomela” de Vísperas ya que todos ellos se enfocan específicamente en presentar el entendimiento de la Iglesia sobre el ayuno. De hecho, estos habrían sido insertados intencionalmente en el Oficio para recordar a los fieles el verdadero significado del ayuno. Desafortunadamente, la conexión de estos himnos con el ayuno se ha perdido de vista y, por lo tanto, hoy en día se pasa por alto su significado.

Incluso un estudio superficial de estos himnos de Cuaresma muestra claramente que el ayuno se trata principalmente de renovar nuestra relación con Dios, el prójimo y el mundo en general. Ya, en el Servicio de Vísperas del Lunes Puro, se nos recuerda que el ayuno implica una limpieza personal de todo nuestro ser y no simplemente una “desintoxicación” dietética:

Ayunemos de una manera aceptable y agradable al Señor. El verdadero ayuno es huida de los males, templanza de la lengua, abstención de la ira, separación de los deseos lujuriosos y de la mentira, de la falsedad y del perjurio. La ausencia de todo esto hace que nuestro ayuno sea verdadero y aceptable.

En este caso, el ayuno está conectado con la dinámica de la purificación. Siguiendo la llamada de Cristo a la santidad (cf. Mt 5, 8), muchos padres de la Iglesia hablan de la purificación como un primer paso necesario para el encuentro con Dios. Por lo tanto, el ayuno debe ir acompañado de un esfuerzo de purificación.

Del mismo modo, el himno en cuestión, es un mandato de pureza. El significado de la pureza, como el ayuno, no debe empobrecerse. La purificación [κάθαρσις] significa esencialmente un proceso hacia la integridad [κατ-ἄρτιος]; nótese la proximidad etimológica entre los dos conceptos. Por consiguiente, la purificación se entiende como coherencia interna o integridad de carácter que, frente a la tentación, permanece totalmente entregado a Dios. Dicho de otra manera, implica una transformación gradual de la ruptura a la totalidad. Y así, según el himno, el verdadero ayuno es un 'medio' hacia la "totalidad".

Junto a un compromiso de templanza desde las pasiones, el ayuno tiene como finalidad abrir a los fieles al esplendor de la vida nueva que viene de la Cruz. Es decir, al experimentar un poco de hambre física a través del ayuno, la esperanza es que esto se transforme en 'hambre y sed' de Cristo. Este aspecto transformador del ayuno se captura en el tropario cantado el martes de la primera semana de Cuaresma:

Observemos el ayuno, no solo absteniéndonos de comer, sino también separándonos de toda pasión corporal… para que seamos tenidos por dignos de participar del Cordero [τῆς τοῦ Ἀμνοῦ μεταλήψεως]… el Hijo de Dios… Así, seremos elévense en lo alto en el gozo de la virtud y por el deleite de las obras excelentes nos regocijaremos en Dios, el Amante de la humanidad.

En consecuencia, el ayuno encuentra su verdadero significado cuando la abstinencia externa de alimentos está conectada con la lucha interna para intensificar nuestro anhelo de Dios a través de la dinámica de la pureza y el arrepentimiento, cuya consumación se realiza en la Sagrada Comunión.

Junto con la observación de un equilibrio entre los aspectos materiales y espirituales del verdadero ayuno, existe una tercera dimensión necesaria, a saber, la compasión práctica hacia el prójimo. En la primera Liturgia de los Dones Pre-santificados, el Idiomelón lo hace explícito:

Mientras ayunamos con el cuerpo, oh hermanos, ayunemos también en espíritu; desatemos toda conexión con la injusticia... Demos pan al hambriento e introduzcamos en nuestra casa a los pobres que no tienen techo para cubrirlos, para que recibamos de Cristo nuestro Dios la gran misericordia.

El verdadero ayuno requiere no solo ayunar de alimentos, sino también obras prácticas de compasión que, en este caso, incluyen trabajar para superar la injusticia y extender la hospitalidad, la filoxenia , especialmente a los necesitados. En términos simples, el himno subraya que no puede haber ayuno genuino sin amor hacia el “otro”, especialmente hacia los más necesitados. Al final, el ayuno es un medio para recordarnos no solo nuestra dependencia de Dios, sino también la verdad, a menudo olvidada, de que Dios se contempla en el rostro del “otro”.

Sin esta lucha por fijar nuestra mirada en Dios a través de la contemplación de Dios en nuestro prójimo y en toda su creación, el mero ayuno de la comida no tiene valor. Por otra parte, cuando se practica de verdad, el ayuno se convierte en una acción positiva, nada menos que en una verdadera teofanía que nos abre a la belleza y al esplendor del Señor Resucitado.

Fuente: https://publicorthodoxy.org/2018/02/17/true-meaning-of-fasting/

miércoles, 1 de marzo de 2023

EXPLICACION DEL GRAN CANON DE SAN ANDRES DE CRETA Por Arcipreste Víctor Potapov

 


“Ten piedad de mí, oh, Señor, ten piedad de mí”.

 

La primera semana de la Gran cuaresma es llamada desde los tiempos antiguos “el amanecer de la abstinencia”, o “la semana de purificación”.

 

Durante esta semana, la Iglesia alienta a sus hijos a salir de este estado de pecado en el que toda la humanidad ha caído ya que nuestros antepasados no se abstuvieron, pues habían perdido las bendiciones el cielo, este estado de pecado que cada uno de nosotros acrecienta por sus propios pecados. La Iglesia los persuade dulcemente a volver al camino de la fe, la oración, la humildad y el ayuno, cosas que son agradables a Dios.

 

Es un tiempo de arrepentimiento, dice la Iglesia. “He aquí el día de la Salvación, la entrada en la Gran Cuaresma. Oh alma mía, está atenta, cierra las puertas por las que entran las pasiones, y mira hacia el Señor” (De la primera oda del canon del Tríodo de los maitines del lunes de la primera semana de la Gran Cuaresma).

 

La Iglesia del Antiguo Testamento tenía como particularmente santos los primeros y últimos días de las numerosas grandes fiestas. Así mismo, según la costumbre, los cristianos ortodoxos, preparados e inspirados por las maternales instrucciones ofrecidas por su Iglesia desde la antigüedad, observan las primeras y últimas semanas de la Gran Cuaresma, de manera particularmente estricta y asidua. Los oficios de la primera semana son particularmente largos, y el esfuerzo de la abstinencia física a lo largo de esta semana, es considerablemente más rigurosa que durante los días siguientes de la Gran Cuaresma.

 

Durante el transcurso de los cuatro primeros días de la Gran Cuaresma, se celebran las Grandes Completas, con la lectura del Gran Canon penitencial de San Andrés de Creta, que, por así decir, da el tono que resonará a lo largo de la Gran Cuaresma. Durante la primera semana de la Gran Cuaresma, el Canon se divide en 4 partes, y cada una se canta en cada una de estas Grandes Completas.

 

El jueves de la quinta semana de la Gran Cuaresma (de hecho, el miércoles por la tarde), nuestra atención se ve atraída nuevamente por esta maravillosa composición de San Andrés, y esta vez de forma completa, de modo que, estando en vista la conclusión de la Gran Cuaresma, no nos desviemos despreocupados, distraídos y descuidados, de modo que no cesemosdevigilar sobrenosotrosmismos ynonosdetengamos devigilarnos estrictamente en todo.

 

El estribillo “Ten piedad de mí, oh Señor, ten piedad”, acompaña cada verso del Gran Canon. También se incorporan muchos troparios, algunos en honor del compositor del Canon, San Andrés, y otros a Santa María Egipcíaca. La Iglesia de Jerusalén dispuso la práctica de este canon en vida de San Andrés. Cuando en el año 680, San Andrés viajó a Constantinopla para participar en el Sexto Concilio Ecuménico, llevó consigo e hizo público, a la vez, su gran composición y la vida de Santa María Egipcíaca, escrita por su compatriota y maestro, San Sofronio, patriarca de Jerusalén.

 

La Vida de Santa María Egipcíaca se lee con el Gran Canon en los maitines del miércoles por la tarde de la quinta semana de la Gran Cuaresma. El Gran Canon es más extraordinario que cualquier otro texto litúrgico encontrado durante la Gran Cuaresma.

 

Es una maravilla de la himnografía litúrgica, con textos de un increíble poder y de gran belleza poética. La Iglesia decidió llamarlo Gran Canon, no tanto a causa de su largura (250 troparios o versos), sino por la cualidad y la fuerza de su contenido.

 

San Andrés, arzobispo de Creta, que compuso este canon en el siglo VII, compuso también numerosos cánones utilizados por la Iglesia durante el ciclo del año litúrgico.

 

El Gran Canon consiste en una conversación entre el penitente y su propia alma. La conversación comienza: “¿Por dónde comenzaré, cuando debo llorar por todas las obras de mi vida, por cuál de los exordios debo cantar mi duelo? En tu bondad, oh Cristo, concédeme el perdón de mis pecados. ¿Por cuál debo comenzar a arrepentirme, tan difícil como es?.” Sigue un maravilloso tropario: “Vamos, oh alma mía, y lleva a tu cuerpo a glorificar al Creador, y en adelante encuentra tu mente para ofrecer a Dios tus lágrimas de arrepentimiento”.

 

Las palabras son fuertes, conteniendo a la vez antropología y ascesis cristiana: nuestra carne, una parte inseparable de nuestra naturaleza humana y de nuestro ser, debe participar también en nuestro arrepentimiento.

 

El apogeo de esta conversación con el alma, su incesante y constante llamada al arrepentimiento, viene en el contaquio cantado después de la oda sexta del Canon: “Despiértate, ¿por qué duermes, oh alma mía, porque duermes así? Pues he aquí que se acerca el fin, y rendirás cuentas en el Juicio. Vela, pues, oh alma mía, para que Cristo Dios te preserve, Él que está en todo lugar, en todo el universo, al cual colma con Su presencia”.

 

La gran luminaria de la Iglesia dirige estas palabras a sí mismo, al que pudiera estar descrito por las palabras que utilizó para describir a Santa María Egipcíaca, que era verdaderamente “un Ángel en la carne”. Y sin embargo se dirigió a sí mismo estas palabras, reprochando a su alma por estar adormecida.

Si él llegó a verse así, ¿qué pensaremos entonces de nosotros mismos? Estamos sumergidos, no sólo en un sueño espiritual del que no llegamos a despertarnos, sino también en una especie de necrosis. Cuando prestamos atención a las palabras de San Andrés de Creta, debemos preguntarnos: ¿qué debo hacer? Si se quiere poder cumplir la Ley de Dios, como conviene, el contenido de nuestra vida debería desarrollarse de forma diferente.

 

Por esta razón, la Iglesia nos ofrece este profundo Canon Penitencial de la Gran Cuaresma, tan vibrante de sentimiento y de convicción, de forma que podamos ver más profundamente en nuestras almas y ver lo que hay en ella. Y sinembargo, elalma continúadormida; ahíesdonde seencuentra nuestro dolor y nuestro infortunio. En la maravillosa oración de San Efrén el Sirio, que repetimos durante toda la Gran Cuaresma, escuchamos palabras que tienen por fin conducirnos a exclamar algo como: “Oh Señor y Rey, concédeme ver mis pecados. Yo no los veo; mi alma está ensimismada, profundamente adormecida, y no consigo ver mis pecados como debería. ¿Cómo podría entonces ser capaz de arrepentirme?”.

 

Por eso, durante los días de la Gran Cuaresma, cada uno de nosotros debería concentrarse sobre sí mismo, debería examinar su propia vida, y medirla con las normas establecidas por los Evangelios y por nada más. Uno de los puntos distintivos de base del Gran Canon, es su utilización amplísima de imágenes y temas sacados de las Santas Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

 

Pordesgracia, no conocemoslaSanta Escritura comodeberíamos, yporeso, para muchos de nosotros, los nombres mencionados en el Gran Canon no significan nada. Y sin embargo, la Biblia no es simplemente una historia del pueblo de Israel. Es también la gran crónica del alma de la humanidad, de las almas que una y otra vez caen y se levantan ante el rostro de Dios, que siempre caen en el pecado, e incluso y siempre van a arrepentirse. Si tuviéramos que examinar las vidas de los que se mencionan en la Biblia, veríamos que cada uno de ellos están presentes, no como un personaje histórico, sino como una persona individual que ha hecho esto y aquello, como una persona que se pone frente al Dios Vivo. Los detalles históricos de la persona o sus demás realizaciones, no se reciben más que, en segundo lugar.

 

Lo que sobresale es lo más importante: si esta persona permaneció fiel a Dios, o no. Si leemos la Biblia y el Gran Canon con el mismo marco de referencia, veremos que muchas de las cosas que se dicen a propósito de los justos y de los pecadores de la antigüedad no son nada más que una crónica de nuestra propia alma, de nuestras caídas y levantamientos repetidos, de nuestro pecado incesante y de nuestros arrepentimientos que le siguen.

 

A este respecto, un autor religioso escribió esto, de forma pertinente: “Si, en nuestros días, lo encuentran (al Gran Canon) aburrido y sin interés para nuestras vidas, es porque su fe no se alimente de la fuente de la Santa Escritura, la fuente que, para los padres de la Iglesia, era la fuente misma de su fe. Debemos aprender nuevamente a tomar el mundo tal y como se nos ha revelado en la Biblia, aprendiendo a vivir en este mundo bíblico. No hay mejor manera de aprender esto como por los oficios de la Iglesia, que no sólo nos comunican la enseñanza bíblica, sino que también nos desvelan la forma bíblica de vivir” (protopresbítero Alexander Schmemann, la Gran Cuaresma, pg. 97, ediciones U.S.).

 

Y así, a través de las personas y los hechos relatados en el Gran Canon, la historia del Antiguo y del Nuevo Testamento pasa ante nosotros. Su autor nos hace descubrir la caída de nuestros ancestros en el pecado, y la corrupción del mundo original. Pone las virtudes de Noé como epígrafe y la amargura y la falta de arrepentimiento de la que hicieron prueba la gente de Sodoma y Gomorra. Resucita para nosotros la memoria de los justos patriarcas y hombres valientes: Moisés, Josué, hijo de Nun, Gedeón y Jefté; nos permite ver la piedad del rey David, su caída y su arrepentimiento; nos presenta la impiedad de Acab y de Jezabel, y también los grandes paradigmas del arrepentimiento, como son los ninivitas, Manasés, la prostituta y el sabio ladrón.

 

Concede especial atención a Santa María de Egipto, y más de una vez, detiene al lector al pie de la Cruz, y ante el Santo Sepulcro de nuestro Señor. En todo, enseña el arrepentimiento, la humildad, la oración, la abnegación.

 

En todos estos ejemplos tiene lugar la exhortación al alma: “Oh alma mía, acuérdate de este justo; así ruego a Dios; acuérdate también de este otro justo, y de cómo rogó a dios; tú no has hecho nada comparable”.

 

La Biblia habla a algunas personas bajo una luz positiva, y a otras, bajo una luz negativa. Debemos imitar a los primeros y no a los segundos. “Elías, subiendo al carro de fuego, fue llevado por las alas de las virtudes, desde la tierra al cielo: imita, oh alma mía, su ascensión”. Imita, oh alma mía, la ascensión de los justos del Antiguo Testamento.

 

“Pobre alma, has imitado la bajeza de Ghiezi; en el declive de tus días renuncia a tu concupiscencia, para que evites la gehena que merecen tus obras”; al menos en tu vejez, despréndete de la avaricia, oh alma, y rechaza tus malas acciones, y evita los fuegos del hades”.

 

Como podemos ver, los textos son difíciles, y es esencial prepararse bien para el Gran Canon, de forma que podamos entenderlo y captarlo bien. En la oda de conclusión que se canta el primer día, después de los recuerdos históricos, viene este tropario con entonación fuerte: “La ley permanece sin efecto, el Evangelio sin fruto; no te has preocupado de la Escritura, los profetas ya no tienen poder, así como los escritos de los elegidos; tus heridas, oh alma mía, se han agravado, pues ya no tienes al médico que pueda sanarlas”.

 

Es inútil que te acuerdes del Antiguo Testamento; todo es inútil. Te daré ejemplos del Nuevo Testamento, y quizá esta vez te arrepientas.

 

“Del Nuevo Testamento, te ofrezco ejemplos invitándote, oh alma mía, a la compunción: inspírate en los hombres justos, aléjate de los pecadores, y suscita la gracia de Cristo por el ayuno, la oración y la pureza de tu vida”.

 

Para terminar, teniendo presente todo lo que conviene del Antiguo Testamento, el autor asciende hacia el Dador de Vida, el Salvador de nuestras almas, y como el Buen Ladrón, exclama: “Ten piedad de mí”, y como el publicano, exclama: “Oh Dios, sé misericordioso conmigo, pues soy pecador”. Imitando la insistencia de la mujer cananea y del ciego Bartimeo, dice: “Ten piedad de mí, oh Hijo de David”. Como la prostituía, vierte lágrimas en lugar de mirra sobre la cabeza y los pies de Cristo, y llora amargamente sobre él como Marta y María lo hicieron sobre Lázaro.

 

Posteriormente, el Canon subraya el hecho de que los peores pecadores se arrepintieron, y entraron en el reino del cielo antes que nosotros: “Cristo se encarnó, llamando al arrepentimiento a las cortesanas y a los ladrones: haz penitencia, oh alma mía, pues ya se entreabre la puerta del reino, y ya estamos adelantados por los fariseos, los publicanos, y las pecadoras arrepentidas”.

 

Y cuando, con una especie de horror espiritual, que proviene más allá de los milagros del Salvador, y que conduce a la compunción por cada lucha espiritual de Su vida terrestre, el autor del Canon llega al horrible sacrificio de Cristo, su corazón se parte, y junto con toda la creación, se asombra en el silencio frente al temblor del Gólgota, y exclama una vez más: “Oh Juez que me sondeas y me conoces, cuando vengas de nuevo, con los santos ángeles para juzgar al mundo entero, mírame con tu mirada benevolente y concédeme tu gracia, oh Jesús, aunque haya colmado la medida del pecado”.

 

En su tropario de conclusión, el Gran Canon, utilizando todas las retóricas posibles para conducirnos al arrepentimiento, dice, como para desvelarnos su “método de instrucción”: “Oh alma mía, ¡cómo te he hablado! Te he recordado a los justos del Antiguo Testamento, y te he dado ejemplos del Nuevo Testamento (para conducirte a la compunción), y sin embargo, todo esto no ha servido de nada, pues tú, oh alma mía, no has seguido sus vidas y sus obras. La desgracia te sobrevendrá cuando seas juzgada”.

 

La desgracia vendrá a ti cuando estés ante el Juicio. Estando atentos a las palabras del Gran Canon, habiendo escrutado la historia de las personas que huyeron de Dios para ser atrapados mejor por Él, contemplemos el hecho de que Dios nos guía a cada uno fuera del abismo del pecado y la desesperación, de modo que podamos ofrecerle los frutos del arrepentimiento.

 

No debemos imaginar que el arrepentimiento consista en ahondar en los pecados personales, sumergiéndose en la autoflagelación, o esforzarse en descubrir tanto mal y tiniebla como sea posible. Arrepentirse verdaderamente, es volverse de las tinieblas e ir hacia la Luz, del pecado a la justicia, comprendiendo que nuestra vida ha sido indigna de tan elevada llamada, confesando ante Dios hasta qué punto somos insignificantes, y confesar que nuestra única esperanza está en Dios mismo.

 

El verdadero arrepentimiento, es aquel que, poniéndose frente a Dios, y que, como dijo el apóstol Pedro “que de las tinieblas os ha llamado a su admirable luz” (1ª Pedro 2:9), nos hace comprender que la vida nos ha sido dada para que podamos convertirnos en hijos de Dios, a fin de que podamos comulgar con la divina Luz.

 

El verdadero arrepentimiento no se refleja tanto en las palabras como en los actos: en la premura para venir en ayuda de otros, la apertura y la escucha con nuestro prójimo, y no dejarse imbuir por uno mismo. El verdadero arrepentimiento, es comprender que, aunque poseamos la capacidad de ser verdaderos cristianos, Dios es capaz de permitírnoslo ser.

 

Como se dice en el Gran Canon, “allí donde Dios quiere, todo el orden natural es trastocado”, es decir, allí donde Dios quiere, sobrevienen hechos sobrenaturales: Saulo se convierte en Pablo, Jonás sale del vientre de la ballena, Moisés cruza el mar a pie seco, Lázaro es resucitado de su muerte, María Egipcíaca deja de ser una prostituta y se convierte en una gran asceta.

 

 

Pues nos lo dice el Salvador: “Para los hombres, eso es imposible, más para Dios todo es posible” (Mateo 19:26). Oración de San Efrén el Sirio “Señor y Soberano de mi vida, no me abandones al espíritu de la pereza, del desánimo, de dominación y de palabras vanas. (postración) Concédeme el espíritu de castidad, de humildad, de paciencia y de amor. (postración) Sí Señor y Rey, concédeme ver mis faltas y no juzgar a mi hermano, porque tú eres bendito por los siglos. Amén.” Oh, Dios, purifícame a mí, pecador (12 veces, con las mismas postraciones, y nuevamente la oración entera, y al final, una gran postración).

 

Traducido por psaltir ektarB.

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