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domingo, 9 de octubre de 2016

La Compasión de Jesús y los 10 Leprosos

1. Localización del episodio en el conjunto del Evangelio

La curación de los diez leprosos (17,11-19), aparece en la segunda sección del evangelio (9,51-19,28). Recordemos que este gran bloque nos cuenta los avatares del viaje de Jesús y sus discípulos desde Cafarnaún a Jerusalén. Durante el viaje, Jesús se preocupa muy especialmente de instruir a sus discípulos acerca de las verdades del reino de Dios. Si comparamos esta sección con la primera (4,14-9,50), apreciaremos una notable diferencia. Durante su ministerio en Galilea Jesús realiza muchos milagros y desarrolla diversas acciones; en cambio, la predicación ocupa mucho menos espacio. A lo largo de su recorrido hacia Jerusalén se invierten los términos; la predicación y la enseñanza pasan a un primer plano mientras que la descripción de los milagros ocupa una posición más secundaria, y que tiende -generalmente- a ilustrar algún aspecto de la predicación.

En el camino hacia Jerusalén, Jesús se hace Palabra. Una Palabra que prepara a los discípulos para vivir con fidelidad el tiempo de la Iglesia. La curación de los diez leprosos es, sin duda, una acción de Jesús, pero se halla enmarcada en el ámbito de la enseñanza del Señor. Dicho de otra manera: en esta narración, Jesús no muestra a sus discípulos la "técnica" de realizar un milagro, Jesús les comunica una enseñanza.
Les transmite el conocimiento de que la misericordia, para ser realmente vivida, debe hacerse curación y solidaridad para con los que sufren.

Las narraciones de los milagros de Jesús suelen tener cinco apartados: alguna persona se encuentra enferma, acude a Jesús y le pide que lo cure, el Señor le pregunta si tiene fe, el enfermo afirma su confianza en él y finalmente Jesús realiza algún gesto con el que le devuelve la salud. La curación de los leprosos no sigue con precisión este esquema. Más bien se centra en el diálogo entre Jesús y los enfermos y concretamente con el leproso curado. Este detalle estilístico nos confirma el sentido de la narración: el Señor nos enseña que la misericordia ha de convertirse en curación, y no insiste en la pericia de realizar milagros espectaculares.

El contexto próximo de cada fragmento del evangelio ayuda mucho a comprender el sentido de lo que estamos leyendo. La curación de los diez leprosos ocupa, prácticamente, el centro del capítulo 17. Justo antes de nuestro episodio podemos leer una enseñanza de Jesús centrada en tres puntos: la corrección fraterna y el perdón a los hermanos (3-4); el poder de la fe (5-6); y la importancia del servicio humilde (7-10). Inmediatamente después de nuestra narración aparece un fragmento describiendo dos elementos importantes: el primero es la llegada silenciosa del reino de Dios (20-21) y, el segundo nos presenta a Jesús como el Hijo delHombre (22-25).

2. Lectura del texto (Lc 17,11-19)

Yendo camino de Jerusalén, atravesó Jesús por entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron hacia él diez leprosos que se pararon a lo lejos y le dijeron a gritos:
-¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!
Al verlos les dijo:
-Id a presentaros a los sacerdotes.
Mientras iban de camino quedaron limpios. Uno de ellos, notando que estaba curado, se volvió alabando a Dios a voces, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole las gracias; era un samaritano. Jesús le preguntó:
-¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien vuelva para agradecérselo a Dios excepto este extranjero?
Y le dijo:
-Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

3. Elementos del texto

a) El camino entre Samaría y Galilea: ...atravesó Jesús por entre Samaría y Galilea...

El mapa de Palestina del tiempo de Jesús se componía de tres provincias. Al norte estaba Galilea, la región central aparecía ocupada por Samaría y en el sur se situaba Judea con la capital del país, Jerusalén. Jesús, juntamente con sus discípulos, ha emprendido un viaje hacia la Ciudad Santa. La ruta más lógica y más rápida para desplazarse, implicaba atravesar la provincia central de Samaría. Pero en aquellos tiempos aquella región no podía cruzarse con seguridad. Entre los judíos (habitantes de Judea) y los samaritanos (pobladores de Samaría) existía una enorme rivalidad que provocaba continuos conflictos. ¿De dónde provenía esa rivalidad?

Ambos grupos profesaban religiones distintas: en Galilea y Judea se practicaba el judaísmo, mientras que en Samaría se seguían distintos cultos provenientes de antiguas religiones orientales. En la capital de Samaría existía un pequeño grupo fiel al judaísmo, los samaritanos, pero de tradiciones y concepciones religiosas muy cerradas y distintas a las de los judíos que habitaban Judea. La diferencia en la forma religiosa procedía de una distinción racial. En el año (722 a.C.) los asirios conquistaron Samaría y se llevaron a la población deportada a remotas regiones de su imperio. Con la finalidad de no dejar aquella región despoblada, desplazaron a Samaría otras poblaciones que habitaban antes el territorio asirio.

Además de diferencias religiosas y raciales se daban también contrastes económicos. Samaría era una zona más rica y con más proyección comercial que Judea: carecía de desiertos y gozaba del rico caudal del río Jordán, además de estar estratégicamente situada en la red de comunicaciones. Las diferencias económicas, raciales y religiosas entre estas dos regiones habían dado lugar, en tiempos antiguos, a constantes guerras y conflictos bélicos.
La animadversión que sentían recíprocamente judíos y samaritanos daba lugar a que Samaría no pudiera ser transitada con seguridad. Por eso al desear ir hacia Jerusalén, Jesús se vio en la necesidad de seguir una ruta bastante más larga: bordear la frontera entre Galilea y Samaría, recorrer todo el valle del Jordán y, cruzando Jericó, penetrar en Jerusalén. Un itinerario mucho más largo y accidentado que la simple línea recta entre Galilea y Judea.

b) Diez leprosos: ...vinieron hacia él diez leprosos...

La lepra es para nosotros una enfermedad provocada por un microbio, el bacilo de Hansen que lentamente va destruyendo el cuerpo. Hoy por hoy, y mediante un buen tratamiento médico, la lepra puede curarse, pero no sucedía lo mismo en el mundo antiguo. Para los hombres del siglo I y, especialmente, para los hebreos, la lepra era algo más que una simple enfermedad física: representaba una maldición de Dios sobre el individuo que la padecía. La lepra y sus consecuencias aparecen comentadas en el libro del Levíüco y en otros escritos del Antiguo Testamento. Enumeremos, brevemente, lo que significaba la lepra para la mentalidad de los hombres de la época de Cristo:

- La lepra es, en primer lugar, una enfermedad.

Habitualmente se daba el nombre de "lepra" a todas aquellas enfermedades que representaban un cambio en el aspecto de la piel del individuo. El libro del Levítico (Lv 13) nos describe con detalle sus diversas manifestaciones. Un síntoma común a cualquier tipo de lepra era la aparición de manchas en la piel. También podían padecer lepra las casas (Lv 14,33-53) o los vestidos (Lv 13,47-59). Los textos se refieren al moho que aparece en las viviendas o a la podredumbre que se produce en la ropa vieja.

Como vemos, el concepto de "lepra" utilizado en la época de Cristo englobaba enfermedades de distinta índole. Por una parte, podía ser la misma enfermedad de la lepra en sí misma, tal como hoy la conocemos. Por otra parte, consideraban también como lepra cualquier enfermedad que suscitara cambios en la piel o cualquier lesión en forma de moho que apareciera en casas y vestidos.

- La lepra era una enfermedad con horribles consecuencias para quien la padecía

La lepra es una enfermedad muy contagiosa. La medicina judía de aquellos tiempos no era preferentemente curativa sino preventiva. Tal vez, los judíos hacían suyo este aforismo: "La mejor manera de curarse de una enfermedad es no contraerla". Por tanto, cuando alguien se contagiaba de la lepra era expulsado enseguida de la ciudad (Lv 13,45ss; Job 2,7s). Vivía con otros leprosos, lo que propiciaba el contagio real de la lepra para todos aquellos que padecían una enfermedad distinta. Se los expulsaba de la práctica del culto, la familia prescindía de él completamente, y quedaba excluido de cualquier ámbito de relación con los demás.

Notemos que los leprosos de nuestra narración permanecen distanciados de Jesús: "...se pararon a lo lejos y le dijeron a gritos...". Estos hombres observan las prescripciones legales y se mantienen alejados del contacto con la gente sana.

- La lepra era una enfermedad con fuertes connotaciones religiosas.

La dureza y la crueldad con que la lepra se cebaba en las personas, llevó a que fuera considerada como un castigo divino. María -la hermana de Moisés- critica el comportamiento de su hermano, y, como castigo a sus palabras, contrae la lepra. Más tarde, Moisés implora a Dios el perdón para su hermana y la enfermedad desaparece de su cuerpo (Nm 12,9-16). Considerar la lepra como un castigo de Dios suponía para los leprosos una doble y dramática consecuencia:

* Pensaban que era Dios quien los había castigado con aquella enfermedad, debido a algún pecado que ellos -o sus antepasados- habían cometido.

* Al padecer la lepra estaban excluidos de toda relación con los demás judíos. No podían acercarse al Templo para pedir perdón al Señor, ni entrar en una sinagoga para rezar con sus hermanos.

La vida de un leproso estaba encerrada en un círculo vicioso muy cruel: por una parte se sentía castigado por Dios por alguna falta cometida y, a causa de estar excluido de la relación con Dios, no podía acudir al Templo para implorar el perdón del Señor. Su vida era un sufrimiento sin salida y sin cambio posible.

A causa de la connotación religiosa de la lepra, el sacerdote era el encargado de determinar cuándo un leproso estaba curado. En el momento en que un enfermo se daba cuenta que las manchas de su piel habían desaparecido, se presentaba ante el sacerdote para que éste confirmara la desaparición de la enfermedad. Observemos, en nuestro texto, que Jesús manda a los leprosos al sacerdote.

- La única esperanza de curación que podía abrigar un leproso era la pronta llegada del Mesías

La lepra era mucho más que una enfermedad física. Su causa profunda radicaba en el castigo divino, un sufrimiento del que sólo el mismo Dios podía liberar. Los leprosos esperaban la llegada del Mesías y confiaban en que él acabaría con la cruel dolencia. La gente pensaba que el tiempo de la llegada del Mesías se caracterizaría por la desaparición de la lepra. Recordemos, en este sentido, las palabras de Jesús a los discípulos de Juan el Bautista: "...los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios..." (7,22).

c) Relación de los leprosos con Jesús

Los leprosos se sitúan lejos de Jesús y le suplican a gritos su ayuda. Jesús aparece ante ellos como un "maestro" al que le piden "compasión": "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!" (8,24). Describamos, sucintamente, el significado de cada una de las dos palabras con que los leprosos se dirigen a Jesús:

- Maestro

La palabra "maestro" presenta una significación especial en el tercer evangelio. Es un término propio del evangelio de Lucas. La utiliza Pedro, en el relato de la pesca milagrosa, cuando ha de dirigirse a Jesús: "Maestro, lo hemos intentado durante toda la noche y no hemos cogido nada; pero, ya que tú lo dices, lanzaré de nuevo las redes" (5,5).

La palabra significa literalmente "líder" o "maestro", en el sentido de aquel que sabe muchas cosas y se halla por encima de los demás, aquel que ha demostrado una gran capacidad en la vida y puede estar por delante de los otros conduciéndolos. Jesús para mucha gente de Palestina tendría este semblante: un modelo de comportamiento moral, alguien que había reunido un buen grupo de discípulos, presentaba un mensaje interesante y tenía cierta fama de milagrero. En definitiva, un buen líder que presenta un mensaje novedoso. Durante los años del siglo I, Palestina estaba llena de personajes que se presentaban como líderes, capaces de hacer prodigios y realizar curaciones. Los leprosos ven en Jesús la imagen de alguno de estos líderes, tal vez capaz de arrancarles la lepra y devolverlos a la vida normal de cualquier judío de su tiempo.

- Compasión

Las voces "misericordia" y "compasión" tienen un significado muy semejante, pero no son del todo idénticas. Recordemos el significado del término misericordia: "la capacidad de entregar algo de mí mismo a la pobreza del corazón de mi hermano". La palabra "compasión", se compone de la suma de dos palabras "con" y "pasión" y significa: "sufrir con otro", "tener como mía la pasión, el sufrimiento, de mi hermano". La diferencia entre estas dos palabras tan semejantes es difícil de precisar; pero una y otra, denotan matices distintos. La palabra "compasión" designa, más bien, el hecho de conmoverse o de enternecerse ante el sufrimiento ajeno.  El término compasión se mueve, de manera preferente, en el ámbito de los sentimientos. La palabra misericordia además de contener el sentimiento de "conmoverse" ante la desgracia ajena, implica una acción que permita la humanización de la persona que sufre. El vocablo misericordia añade un matiz al de compasión, no se limita a conmoverse profundamente, sino que proyecta una acción decidida en favor del hermano que sufre.

Los leprosos piden a Jesús compasión. Piden a Jesús que se conmueva, que tenga un sentimiento de pena ante su padecimiento. Tal vez, aquel maestro que pasaba -si se conmovía ante los leprosos- les echara unas monedas, o les lanzara algo de comida con la que poder subsistir algún tiempo más. No esperan de él una acción, la misericordia, que pudiera cambiar sus vidas para siempre. Los leprosos tienen una visión muy lejana de Jesús. Lo contemplan como a un líder más entre tantos como había en Palestina. No esperan que transforme sus vidas, tan solo alguna limosna con que sobrevivir.

Muchas veces, en nuestra vida cristiana, tenemos una percepción lejana de Jesús. Lo admiramos como a un gran maestro o un líder extraordinario. En ocasiones comprendemos el Evangelio tan solo como una excelente doctrina moral. Pero, casi siempre, nos quedamos lejos de ver a Jesús de cerca, de contemplarlo como el único Señor capaz de trasformar de raíz el corazón de nuestra existencia.

d) Reacción de Jesús para con los leprosos

Jesús los envía a los sacerdotes: "Id a presentaros a los sacerdotes". Como decíamos antes, la lepra no era únicamente una enfermedad física, implicaba también una concepción religiosa. Un leproso pensaba para sí mismo que su enfermedad era el castigo por algún pecado cometido, tal vez una falta realizada inadvertidamente.

El sacerdote era el que decidía si la enfermedad había desaparecido, o si aún permanecía. Examinaba la piel del enfermo y observaba si se producía en ella alguna de las manifestaciones descritas en el libro del Levítico, como eran las manchas oscuras. Alguna vez la lepra era solo aparente, y en realidad se debía a ciertas enfermedades cutáneas, distintas de la lepra conocida por nosotros hoy. El sacerdote al testificar la curación del enfermo, lo readmitía al culto del Templo. El enfermo, ya restablecido, se incorporaba plenamente a la vida cotidiana del resto de los judíos.

Los leprosos obedecen la orden de Jesús y se dirigen a los sacerdotes. Pero "mientras iban de camino quedaron limpios". Obedeciendo el consejo de Jesús y dirigiéndose a los sacerdotes la lepra ha desaparecido de sus carnes.

Observemos que el texto no nos describe con precisión las características del milagro. Recordemos que estamos en la sección central del Evangelio. Durante esta etapa Jesús va dando enseñanzas a sus discípulos. El texto no nos cuenta principalmente hechos de Jesús, sino que tiende a comentarnos enseñanzas de Jesús. Nuestro fragmento no nos explica cómo se hace un milagro, pretende enseñarnos qué es un milagro y, sobre todo, quién es este Jesús, capaz de realizar acciones que curan.

e) Reacción de los leprosos

Los diez leprosos, por el camino, se dan cuenta de que han sido "purificados" de su dolencia. Obedecer la indicación de Jesús los ha purificado. En aquellos diez hombres tiene lugar una doble reacción. Notemos que de los diez leprosos, nueve siguen su camino hacia el encuentro con los sacerdotes. Solamente uno de ellos regresa donde Jesús para darle las gracias. Analicemos cada una de estas dos actitudes y su reacción ante el prodigio obrado por Jesús.

- El grupo de los nueve leprosos

Nueve de los diez leprosos se dirigen hacia Jerusalén para presentarse ante el sacerdote, a fin de que sea constatada su purificación y se reincorporen a la vida judía con normalidad. Se han dado cuenta de que han sido "purificados". Es decir, han descubierto la posibilidad de volver a la situación en que se encontraban antes de contraer la lepra.

Observemos la utilización en el texto de la palabra "purificar" o "quedar limpio" para referirse a la curación de estos hombres. La purificación, el quedar limpio, supone un cambio externo en la persona; en este caso concreto, la desaparición de las manchas oscuras en la piel. No implica un cambio sustancial y profundo en la vida de nadie.

Estos hombres han percibido que las manchas de su piel han desaparecido. Ya pueden incorporarse de nuevo a su vida cotidiana de antes. Esta curación no implica ninguna novedad radical en su vida anterior, simplemente les permite incorporarse a la vida normal del judaísmo. No debemos pensar que este cambio en los enfermos sea algo de poca monta, es algo muy importante en sus vidas, pero para la "Buena Nueva" del Evangelio no es un cambio suficiente.

Los nueve leprosos "purificados" han visto en Jesús a un gran líder y a un buen maestro, con dotes de mando y conocimientos médicos. Pero no han descubierto en él al Señor, al único capaz de transformar radicalmente su existencia.

- El leproso que vuelve a dar las gracias a Jesús
"Uno de ellos, notando que estaba curado, se volvió alabando a Dios...". Apreciemos las diferencias de vocabulario propuestas por la narración. Cuando se refiere al grupo de nueve leprosos afirma que han sido "purificados"; sin embargo cuando describe al leproso que regresa sostiene que ha sido "curado".

Ambos verbos son de significación semejante, pero presentan matices muy diversos. La acción de purificar indica un cambio externo, como puede ser el producido por la limpieza exterior. La voz curar denota una acción más profunda. La purificación afecta sólo a lo periférico; la curación trasformando en profundidad el interior, provoca un cambio en el aspecto externo de quien ha sido curado.

El AT nos comenta que la capacidad de purificar era atributo de los hombres, concretamente era la misión de los sacerdotes (Lv 14). En cambio la acción de curar era una actividad propia de Dios. Para el AT, Yahvé es el único capaz de curar verdaderamente: "Si escuchas la voz de Yahvé, tu Dios... no traeré sobre ti ninguna de las plagas que envié a los egipcios, porque yo soy Yahvé, el que te cura" (Éx 15,26). Los hebreos admitían una relación muy próxima entre la enfermedad y el pecado. La curación se convierte así en un símbolo del perdón de Dios, de su misericordia y de su cercanía a la realidad humana (Is 6,10; Sal 30,3; 41,5; 103,3).

Este hombre no se ha limitado a contemplar a Jesús como a un líder o un maestro capaz de purificar de la lepra externa. Ha descubierto en Jesús al Señor que cura, aquel capaz de transformar la vida radicalmente desde dentro.

f) Reacción del leproso curado

El leproso que percibe su curación vuelve de nuevo hacia Jesús. El texto nos describe concisamente la reacción de este hombre. Analicémosla:

- ...se volvió alabando a Dios a voces...

Este hombre no aprecia en la acción de Jesús el prodigio fantástico de un líder carismático. Contempla en la acción de Jesús la obra de Dios sobre su propia vida. En el AT, Dios era el que curaba; Jesús es la presencia de Dios entre los hombres, por eso Él hace lo mismo que hacía Yahvé en el AT: curar. A los leprosos no les quedaba otra esperanza sino creer que la llegada del Mesías, al final de los tiempos, acabaría con esta enfermedad. Jesús hace desaparecer la lepra, con él ha llegado a Israel el Mesías anhelado.

- ...se echó por tierra a los pies de Jesús...

Echarse por tierra, prosternarse, es la actitud de los creyentes del AT ante la divinidad. Los profetas y los reyes se inclinan ante la magnificencia divina, adorando la presencia de Dios. El leproso descubre en Jesús la manifestación de Dios, por eso se postra en sentido de adoración.

- ...dándolegracias...

Dar las gracias a alguien es reconocerle todo el bien que nos ha hecho. Recordemos lo que dice el salmo: "¿Cómo podré dar gracias al Señor por todo el bien que me ha hecho?" (Sal 116,12). El leproso agradece la "curación" que Dios ha obrado en su vida por medio de Jesús. El cambio profundo del leproso no es la desaparición dela lepra. El cambio profundo radica en haber encontrado en Jesús
al único Señor.

g) Características del leproso curado

El evangelista nos dice: "era un samaritano". Tal vez, este hombre, por su procedencia no conociera bien el judaísmo. Por el hecho de ser samaritano era el que menos posibilidades tenía de poder captar en profundidad la esencia personal de Jesús. En cambio, sólo él lo descubre como el salvador que ha trasformado su existencia.

Respecto de los otros nueve, el texto no nos dice que fueran samaritanos; pero afirma que sólo el curado era extranjero. Podemos concluir que los otros nueve serían galileos y por tanto de religión judía. Conocerían mejor el judaísmo y habrían oído decir que la desaparición de la lepra significaría la llegada del Mesías. Pero no son capaces de descubrir en Jesús de Nazaret a nadie más que a un hábil curandero de Galilea.

h) Respuesta de Jesús

Jesús presenta una doble respuesta: una dirigida hacia los nueve leprosos que no ha vuelto y otra referida al enfermo que ha regresado.

* Jesús se admira de que haya sido un extranjero samaritano el que ha regresado. El que menos posibilidades tenía de reconocer a Jesús como su Señor es el único que lo ha descubierto.

* Jesús le dice al leproso que le ha dado las gracias: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado". Esta frase aparece muchas veces al final de los milagros de Jesús. Recordemos, por ejemplo, el milagro de la mujer hemorroísa, después de curarla, Jesús le dice: "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz" (8,48).

Démonos cuenta de que Jesús no dice al leproso: tu fe te ha purificado; ni siquiera, tu fe te ha curado. Jesús dice mucho más: tu fe te ha salvado. La fe indica -en una primera aproximación- la confianza que se pone en Dios. La fe implica plantearse la vida desde la certeza de que estamos en las manos buenas de Dios. Eso es la fe, la confianza y la certeza de que Jesús sostiene nuestra vida y, a partir de esa convicción, nuestra vida genera misericordia para con el prójimo. La salvación no es una simple curación material. Es la liberación de algún peligro que amenaza la radicalidad de nuestra vida. El pecado es lo que amenaza a la totalidad del hombre. La salvación de Jesús nos libera del pecado, de aquello que nos impide descubrir y creer en la certeza del reino de Dios.

Síntesis final

El milagro de los diez leprosos nos ha presentado la misericordia de Jesús convertida en curación. Esta narración es muy adecuada para explicarnos tres cosas: la naturaleza de los milagros, el verdadero discipulado cristiano y la naturaleza de la fe.

El verdadero milagro no consiste en la desaparición de la lepra. Para nueve leprosos ha habido una simple purificación de la lepra, pero solamente para uno de ellos se ha producido un milagro. Este leproso mediante el hecho de la desaparición de la lepra, ha descubierto el signo de la presencia del Dios liberador. Éste es el verdadero milagro.

El núcleo de la vida cristiana estriba en el encuentro personal con Jesús. Durante la pasión, Pilato preguntó a Jesús: "¿Qué es la verdad?" (Jn 18,38). Jesús no responde a esta pregunta porque la verdad cristiana no es un qué, es un quién. Jesús es ese alguien, es el "camino, la verdad y la vida" (cf. J n 14,6).

A veces los cristianos consideramos a Jesús como a un buen maestro o un excelente líder y lo admiramos por su doctrina. El cristiano no es el seguidor de ninguna doctrina, ni de ningún libro ni de ningún qué. Los cristianos seguimos a alguien vivo entre nosotros. Si nos falta el encuentro personal con Jesús, habremos conocido una excelente moral, pero nos faltará lo más esencial: la amistad íntima con el Dios que nos ama.

La fe es la capacidad de contemplar nuestra vida y el devenir del mundo con los ojos de Dios. Para un creyente cualquier cosa que le sucede en la vida es un milagro, un signo de la presencia cercana de Dios. Acostumbrémonos a ver nuestra vida desde la mirada tierna de Dios y desde la certeza de estar en sus manos. Entre los cristianos, ésta ha de ser la única visión de la vida: la lectura creyente de la realidad.

Fuente: Francesc Ramis Darder. Lucas, el evangelista de la Ternura de Dios. 

domingo, 6 de marzo de 2016

El Rostro del Dios de la Misericordia Parábola del hijo pródigo (Lucas 15,11-32)

Lucas es el evangelista de la ternura de Dios. El autor que con más delicadeza nos presenta las entrañas el Padre: Dios es misericordia. En estas páginas, comentaremos la Parábola del hijo pródigo e intentaremos deslindar el rostro del Dios de la ternura.

1. Situación del episodio en el conjunto del evangelio

Las palabras de Jesús son, todas ellas, muy importantes; pero también es muy significativo el lugar que ocupan en el evangelio. El texto de Lucas, tal como lo presentábamos en la introducción, se divide en tres secciones. Nuestra parábola se halla en la segunda: el viaje de Jesús con sus discípulos desde Galilea hasta Jerusalén (9,51-19,27). Es la sección central del evangelio; y, además la más extensa.

Si consideramos con detenimiento el conjunto de la sección, observaremos que Jesús se dedica principalmente a comunicar enseñanzas a sus discípulos. Es cierto que también lleva a cabo diversas tareas, pero su cometido prioritario es enseñar a sus amigos las características del verdadero discípulo: la oración, el amor, la justicia, la misericordia, el perdón, etc. De alguna manera, en esa segunda sección, Jesús se hace Palabra. Una Palabra que siembra en el corazón de los apóstoles la fructífera semilla del reino.

Hagamos, ahora, una segunda observación. La parábola (15,11- 32) está, más o menos, en la parte central de la segunda sección (9,51-19,27). No está exactamente en el centro, pero ocupa una posición bastante central. Advirtamos ese detalle: la segunda sección describe las peculiaridades del auténtico discípulo, pero en la zona céntrica, se encuentra la parábola del hijo pródigo que nos explica la naturaleza más íntima del Dios de Jesús: la ternura y la misericordia. Jesús, durante el viaje, enseña a sus seguidores a ser buenos discípulos, pero en el centro de su enseñanza coloca la descripción del rostro de Dios.

Si nos fijamos, veremos que el auténtico protagonista no es el hijo pródigo, sino el padre. Viendo cómo actúa el padre percibimos la manera de ser de Dios. El objetivo de esta narración es hacernos descubrir la más íntima naturaleza del Dios de quien somos hijos: Padre de ternura y de misericordia.

El episodio pertenece al género literario de las parábolas. Una parábola es un fragmento del texto en que se confrontan elementos muy desiguales: en la parábola del grano de mostaza (Lc 13,18-19) se compara la pequeñez de la semilla con la magnitud del arbusto; en la de la levadura (Le 13,20-21) se parangona la nimiedad de la levadura con la gran cantidad de harina que hace fermentar. Nuestra parábola confronta la actitud tierna y misericordiosa del padre, con la actitud mezquina del hijo mayor y la traición del hijo menor.

Pero una parábola no se limita a confrontar elementos diversos. Obliga a quien la escucha, a darse cuenta de la enorme diferencia que hay entre las situaciones confrontadas, e inclinarse en favor de la mejor. Nuestra narración parangona la actitud del padre (ternura y misericordia) con las de los hijos (mezquindad y traición). Nos obliga a percibir la desemejanza entre ellas y a adherirnos a la del padre. Esta parábola, mostrando la trivialidad de la perspectiva humana (mezquindad y traición) nos hace discernir mejor la profundidad de la mirada de Dios (ternura y misericordia). La misericordia de Dios es infinitamente más poderosa que la fuerza del pecado y la estrechez de los hombres.

En el largo camino hacia Jerusalén, Jesús explica a sus amigos las cualidades que debe tener todo discípulo, y en esta parábola les muestra la intimidad de Dios. Pero también sabe muy bien que los proyectos humanos suelen ser geniales e ilusionados, pero que las respuestas son, muchas veces, tan sólo mediocres. Jesús no se conforma con presentar a Dios como un Padre de misericordia, sino que matiza, certeramente, la forma en que el Padre ejerce la ternura. Los discípulos se alejarán del camino propuesto por Jesús y abandonarán la senda del amor. Pero a pesar del pecado humano, Dios -igual que el padre de nuestra parábola- siempre permanecerá a la espera del retorno de sus hijos y, sin que ellos lo sepan, velará la senda de su regreso.

Nuestra parábola está precedida de otras dos que nos permiten contemplar a Dios como el Padre que siempre espera y perdona. La parábola de la oveja perdida (15,1-7) nos presenta al Dios de la ternura yendo en busca de aquel discípulo que se ha salido del camino. La dracma perdida (15,8-10) nos recuerda la preferencia del Dios de la misericordia por los pequeños y por todos aquellos  que se "pierden". El hijo pródigo nos muestra al Dios Padre que acoge siempre, espera siempre y perdona siempre sin imponer condiciones.

2. Lectura del texto (Lc 15,11-32)

Dijo (Jesús):
-Un hombre tenía dos hijos y el menor le dijo a su padre: -Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde.
El padre les repartió los bienes. No mucho después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un perdido. Cuando se lo había gastado todo vino un hambre terrible en aquella tierra y empezó él a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los habitantes de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos pero nadie se las daba.

Recapacitando entonces, se dijo: -¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a casa de mi padre y le diré: "Padre he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros". Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, lo vio su padre y se le conmovieron las entrañas; salió corriendo, se le echó al cuello y lo besó afectuosamente.

El hijo le dijo: -Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados: -Traed aprisa el mejor vestido y vestidlo, ponedle un anillo en su mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas, y llamando a uno de los criados le preguntó qué era aquello. Él le dijo: -Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano.

Él se encolerizó y no quería entrar en casa; pero el padre salió e intentó persuadirlo. Pero él, respondiendo, dijo a su padre: -Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos, y ¡ahora que ha vuelto ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el ternero cebado!

El padre le respondió. -Hijo, ¡tú siempre estás conmigo y lo mío es tuyo!, pero era necesario celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.

3.1. La actitud de los d o s hijos

3.1.1. El hijo menor

a) La decisión de dejar la casa del Padre

La regla fundamental, en el derecho israelita, es que solo los hijos varones tienen derecho a la herencia. Entre ellos, el mayor tiene una posición privilegiada y recibe el doble que los demás en la distribución de los bienes paternos (Dt 21,17; metafóricamente 2 Re 2,9). Sin embargo, en nuestro texto, es el hijo menor quien pide al padre la parte correspondiente de la heredad.

El menor, el que tenía menos derecho, pide a su padre un lote de la fortuna familiar. No se limita a "pedir", sino que "exige". La palabra "dame" figura en imperativo. No se dirige a su padre mediante una súplica, o u n a solicitud; lo hace exigiendo una prerrogativa. El padre respeta la libertad de su hijo; y, sin replicar nada, reparte los bienes entre los dos hermanos. Después, el hijo menor, reuniendo todo lo suyo, abandona la casa paterna y se encamina a u n país lejano.

b) La experiencia de una vida que se destruye

Lejos de la casa del padre y en una tierra extraña, las condiciones se vuelven adversas. Para explicarnos plásticamente el estado de abandono que padece, la narración se vale de frases muy duras:

- Se ajustó con uno de los habitantes de aquel país.

 Aquel hijo que, tal vez, había abusado de su derecho al obligar a su padre a repartir la herencia, ahora tiene que "ajustarse" a las condiciones que le impone u n desconocido en u n país extranjero y en tiempo de hambre. Todos hemos experimentado, en nuestra vida que la existencia se hace más dura cuando debemos adaptarnos a las leyes del mundo por haber abandonado los preceptos de Dios.

- ... lo mandó a sus campos a guardar cerdos

Guardar cerdos era, desde la perspectiva de la religión judía, una actividad degradante e inaceptable. La misma legislación israelita prohíbe comer carne de cerdo, y el Antiguo Testamento considera el cerdo como un animal impuro (Dt 14,8). El Nuevo Testamento, destacando la repugnancia judía hacia los cerdos, nos cuenta la curación del endemoniado de Gerasa (Lc 15,26-39): los demonios que salen de aquel enfermo penetran en el cuerpo de los puercos, en lo más inmundo. La situación del hijo menor es peor que la de los mismos cerdos. Éstos pueden comer algarrobas, pero él ni siquiera puede saciarse con esta comida. Desearía comer el alimento de los puercos, pero nadie se lo da.

c) La decisión por rehacer la vida

Cuando la situación de este hombre no puede ser más desesperada, decide volver a la casa del padre. Pero fijémonos, con atención, en las razones que le impulsan a regresar al hogar paterno.

- La primera motivación, la más profunda y también la más real, es el hambre. La primera razón por la cual piensa volver no es por amor a su padre, ni para reconstruir la unidad familiar. La actitud de fondo por la que decide retornar es porque "no tiene donde caerse muerto" (como diríamos en un lenguaje coloquial): "Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí estoy muriéndome de hambre".

- Una vez que ha padecido el dolor del hambre y el abandono, aparece una segunda reflexión: "He pecado contra el cielo y ante ti". La expresión "pecar contra el cielo" equivale a "pecar contra Dios". Durante el siglo I, los judíos no citaban el nombre de Dios. Únicamente lo pronunciaba con voz temblorosa el Sumo Sacerdote cuando, una vez al año, entraba en el recinto más sagrado y recóndito del Templo. En el habla cotidiana los judíos sustituían la palabra "Dios" por el término "cielo"; así, la realidad divina permanecía envuelta en el misterio. Esa segunda reflexión es crucial. El hijo menor se da cuenta de que él ha pecado. Su situación no es fruto de la casualidad ni de la mala suerte. Él mismo ha desordenado y arruinado su vida. Precisamente eso es el pecado: romper nuestra propia vida; hacer añicos el proyecto de Dios para con nosotros y destrozar la relación con los hermanos. La "cornada" del hambre le hace descubrir que él ha malbaratado su propia existencia y, a la vez, arruinado el proyecto de su padre en favor suyo.

- Consciente de su pecado, no se deja hundir en la desesperación, sino que toma la única decisión lúcida: "Levantándose, volvió a su padre". El pecado ha dejado secuelas en su vida, ya no se sentirá ante su padre como "hijo", se presentará como "jornalero". En su interior percibe la angustia de la ruptura que ha alterado para siempre la relación con el padre y, de igual modo, su manera de ser. El hijo menor vuelve, pero ya nada será como antes, tan solo aspira a sobrevivir, a ser un asalariado más. Pero ignora lo más importante: la misericordia del padre está muy por encima del pecado y la traición que él ha cometido.

3.1.2. El hijo mayor

Necesitaremos apreciar las características de este hijo al contraluz de la forma de vida del hermano menor.
  
a) Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa...

El hijo mayor es el que tenía, según la legislación de Israel, la preferencia en los derechos de herencia. En cambio constató cómo era el hermano menor quien exigía sus privilegios y se marchaba de casa con la mitad de los bienes. Él siguió trabajando en las duras tareas del campo, mientras su hermano -en un país lejano dilapidaba la fortuna viviendo licenciosamente. Durante largos años sirvió a su padre sin desobedecer una sola orden, pero nunca disfrutó de un cabrito con el que celebrar una fiesta con los amigos. Ahora ve cómo el hermano menor, que ha devorado la hacienda con prostitutas, es festejado con un ternero cebado.

La historia del hijo menor es la experiencia de una vida truncada por el orgullo y la traición; pero la vida del hijo mayor describe la rutina de una existencia triste y cerrada a la bondad del padre.

b) Él se irritó y no quería entrar

El hijo mayor se ha mantenido fiel a los mandatos de su padre. Desde la perspectiva puramente externa ha obrado con justicia y rectitud. Seguramente debía exigir en los demás la misma rigidez por la que él mismo tanto se esforzaba. Cuando se presenta el menor y el padre lo acoge con un amor intenso, el hermano mayor no puede entenderlo.

El odio hacia el hermano menor es inmenso. Dice a su padre: "...ese hijo tuyo"; una frase que denota una gran dosis de rabia, pero que refleja, sobre todo, la ruptura del hermano mayor con el menor. Observemos que el mayor no dice "...ese hermano mío"; esa frase denotaría aún una relación entre hermanos. La otra locución "...ese hijo tuyo" nos indica que el mayor quiebra la relación con el menor; éste ya no es su hermano, es solamente hijo de su padre. El hermano mayor siente la ira que le corroe por dentro y la manifiesta negándose a entrar en casa.

3.2. La actitud del padre

a) La relación con el hijo menor

El hijo menor vuelve a casa con el amargo sabor de la derrota y la mala conciencia del pecado. Él ha destruido su vida y ya sólo aspira, con suerte, a ser un jornalero más. Pero la actitud del padre con ese hijo es completamente distinta. El evangelio destaca en el padre una actitud interna: "se le conmovieron las entrañas", y dos actitudes externas: "celebremos una fiesta", y "le besó afectuosamente". Comentaremos escuetamente cada una de estas disposiciones del ánimo.

- ...se le conmovieron las entrañas...

El hecho de "conmoverse las entrañas" refleja el aspecto maternal del amor y la ternura. A una madre, en el momento de dar a luz a su hijo se le conmueven las entrañas. Es el mismo sentimiento de Jesús en situaciones importantes del evangelio. Cuando contempla la aflicción de la viuda de Naín ante el féretro de su hijo, se le conmueven las entrañas y dirigiéndose al cadáver exclama: "¡levántate!", y entrega el hijo vivo a su madre (Le 7,11-17). Jesús se hace plenamente solidario de aquella mujer; al Señor "se le conmueven las entrañas" ante el padecimiento de la madre desconsolada.

El padre de nuestra parábola siente en su seno la experiencia del amor maternal. También a él "se le conmueven las entrañas"; y recoge de nuevo en su regazo al hijo perdido. Fijémonos en el texto evangélico: "Lo vio de lejos, salió corriendo, se le echó al cuello, lo cubrió de besos". De alguna manera, todas estas acciones "vuelven a introducir en las entrañas del padre" al hijo que se fue y ahora regresa desangelado.

- ...celebremos una fiesta...

La actitud interior de "conmoverse las entrañas" tiene un intenso correlato externo. En todos los gestos externos se manifiesta el amor paternal con el hijo. El padre le vuelve a otorgar la categoría correspondiente en el seno de la familia. El traje, los criados que lo visten, el anillo en el dedo, las sandalias en los pies, describen cómo el padre restituye a su hijo la dignidad perdida.

- ...le besó afectuosamente...
Cuando hablábamos del amor "maternal" del padre por su hijo recogíamos esta expresión, pero también es posible completarla desde un matiz peculiar. La amistad adulta entre dos hombres se expresaba, a menudo, mediante un beso. Cuando Pablo parte de viaje, los discípulos de Éfeso lo despiden con un beso (Hch 20,37); Jesús recrimina al fariseo que lo ha invitado, el no haberlo recibido con un beso (Lc 7,45), mientras que la mujer pecadora sí lo ha hecho (Lc 7,38).

El beso afectuoso con que el padre recibe a su hijo adquiere la connotación del "amor de amigo". El padre ha mostrado un amor "maternal" y "paternal", pero manifiesta, también, con esa postura la perspectiva "amistosa del amor". Un teólogo medieval (Tomás de Aquino) decía que la amistad es la forma privilegiada del amor, porque es una relación que brota de la libertad. El padre es "padre" por naturaleza pero se convierte en "amigo" por opción.

En ningún momento ha aplicado el padre, como suponía el hijo menor, un tipo de justicia basado en modelos humanos. Según esos esquemas el hijo no debería tener derecho a porción alguna de los bienes familiares. Tendría que ser un jornalero más; él mismo, al volver a casa había decidido eso. En cambio, cuando regresa, el padre no le pide razones de su comportamiento ni le reprocha su traición, sino que lo acoge como hijo mediante la triple manifestación del amor que hemos descrito.

b) La relación con el hijo mayor

El hijo mayor había permanecido siempre con su padre, obedeciendo sus mandatos, y aplicándose en las tareas. Pero, seguramente, habría permanecido cerrado a la actitud amorosa del padre. Es como las piedras sumergidas desde siempre en el fondo del mar, rodeadas de agua por todas partes pero que en su interior están resecas. Habiendo estado rodeado del amor de su Padre no ha percibido nunca la ternura de su cariño. Recordemos la cruel respuesta que profiere contra su padre: "...jamás me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos...".

El hermano menor se marchó de casa destruyendo la hacienda. El mayor no quiere entrar en casa para disfrutar la fiesta familiar; de ese modo, también se niega a dejarse amar por su padre. El padre le dice: "¡tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo!". Este hermano había estado siempre en contacto con el padre pero carecía de lo más esencial: la experiencia del contacto personal con él. No dejarse querer por Dios es una manera muy sutil de huir de la casa del Padre, y muestra otra manera con la que se echa a perder el amor de Dios.

3.3. La actitud de fondo de los personajes

Hasta ahora hemos descrito las dos situaciones contrapuestas del padre y los hijos. En el fondo de estas actitudes radica una opción básica distinta: el Padre representa la opción que hace nacer la vida, mientras los hijos muestran la opción que los conduciría a la muerte.

Apreciemos las palabras del padre respecto del menor: "...porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida". Y también lo que le dice al mayor: "...este hermano tuyo que estaba muerto ha vuelto a la vida". Nuestro Dios es el Señor de la vida. La opción más profunda del padre por sus hijos es la vida; él desea que vivan plenamente. Notemos la gran diferencia con las palabras de los criados: "...a tu hermano tu padre lo ha recobrado sano". A Dios no le basta la salud física de sus hijos, Él desea la profundidad y la intensidad en la vida.

El Padre de la vida también cree en la libertad. No hay vida sin libertad. Por eso respeta la decisión del menor de marcharse de casa y no se enfrenta agriamente con el mayor cuando, henchido por la ira, se niega a entrar en el hogar. Simplemente les recuerda que él es vida, vida expresada mediante el perdón, la acogida, la ternura, y la fiesta.

La descripción de los dos hermanos pone ante nuestros ojos la negativa a participar de la vida nacida de las entrañas del padre. El menor se marcha de casa, y la vida que había disfrutado en el hogar adquiere el sabor amargo del desamparo en tierras lejanas. El mayor había vivido siempre en casa pero no había sabido disfrutar de la vida de su padre. Ahora, al oír los aires de fiesta, ve la naturaleza íntima de su padre y se niega a entrar. La cerrazón ha hecho de su existencia una vida triste y mezquina.

La actitud del hijo mayor guarda todavía otra lección. El que ha vivido siempre en el nido paterno y no ha sabido gustar la ternura del padre, se queja por no haber recibido un regalo banal: "nunca me diste un cabrito...". El premio de los discípulos de Cristo consiste en estar en la casa del Padre: "¡si todo lo mío es tuyo!" le recuerda el padre a su hijo. ¡Cuántas veces en nuestra vida cristiana nos sabe a poco tener a Dios por Padre, y nos dedicamos a perseguir otros premios: el poder, el tener, o el aparentar! El amor con amor se paga, el gozo de ser cristiano radica en serlo; y nuestra suerte sólo es una: sabernos en manos del Dios de la misericordia. La búsqueda de cualquier otra recompensa nos hace salir de la casa, como le sucedió al hijo menor, o nos impide entrar en ella, como era el caso del mayor.

Contamos con una gran certeza, ni la mezquindad del mayor ni la traición del más joven, tienen poder suficiente para derrotar la fuerza del amor del padre. La muerte nunca puede con la vida; ése es el mensaje del evangelio: "Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado" (Me 16,6). La ternura y la misericordia del padre han reengendrado a los dos hermanos y los han introducido de nuevo en el seno de la vida.

4. Síntesis final

La parábola del hijo pródigo tiene una única finalidad: presentarnos la intimidad del Dios que nos invita a seguirle. El rostro de Dios Padre tiene los rasgos de la vida. Él es quien engendra la vida en aquellos que se deciden a ser discípulos suyos. Dios padre genera la vida porque Él es amor. La ternura y la misericordia de Dios no constituyen un concepto, sino que se palpan desde la experiencia de habitar en casa del Padre.

El hijo menor representa al discípulo orgulloso que se ha apartado del camino. Fuera de la casa del Dios de la vida se sorbe la desgracia de los ídolos de muerte. El discípulo decide volver a la senda y allí experimenta la profundidad de la vida. El padre lo acoge de nuevo, de alguna manera vuelve a engendrarlo. El amor maternal, paternal y amistoso del Padre, devuelven a aquel hombre vencido la certeza de sentirse querido.

El hermano mayor es el prototipo de cristiano que ha creído estar siempre en el camino, pero le ha faltado lo más importante: el encuentro personal con el Dios de la vida. Durante toda su existencia, aquel hijo había habitado la casa y había trabajado con afán en sus campos; pero no había experimentado el hondo gozo del amor del Padre.

Fuente: Francesc Ramis Darder. Lucas, evangelista de la ternura de Dios. Diez catequesis para descubrir al Dios de la misericordia










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