El Sacerdocio en el Nuevo Testamento: Cristo Profeta, Señor y Sacerdote

Misión de Jesucristo

El punto de partida para una reflexión sobre el sacerdocio tiene que ser, como es natural, el Nuevo Testamento. Más en concreto, la persona misma de Cristo que en sí mismo y en su obra se presenta como el camino, la verdad y la vida, y "como el único nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 1-2).

Con él se inicia la nueva y definitiva etapa de la historia de la salvación; por ser una etapa más de dicha historia, está en conexión con la anterior; por ser nueva, presenta una originalidad y una profundidad que hacen saltar muchas concepciones existentes y que la constituyen en plenitud de los tiempos.

Cristo, profeta

"De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo.." (Heb 1, 1-2). Cristo tiene conciencia de ser "el enviado" (Jn 3, 16-17;12, 47). Tiene conciencia de no haber venido por su cuenta, sino de ser el enviado del Padre (Jn 8,42; Mt 10, 40; 15, 24; 21, 37; Me 9, 37; Le 10, 16). Por eso, los evangelios presentan a Cristo como profeta, bien manifestando el propio Jesús su calidad de profeta (Lc 4, 16-24; 13, 33; Mt 13, 57; Mc 6, 1-6), bien proclamado así por la multitud (Mt 16, 14; 21,11; Mc 6, 15; Lc 7, 16-39; 24, 19; Jn 4, 19; 6, 14; 7, 40; 9, 17); y así es aceptado por la comunidad cristiana primitiva
(Hch 3, 22-26).

Cristo es, sobre todo, "el profeta", no sólo porque en él se cumplen todas las profecías (Lc 24, 25-27.45; Mt 1, 22-23; cf. la frecuencia en este último evangelio de la fórmula: "para que se cumpliera lo que estaba escrito por el profeta"), sino principalmente porque él es el revelador del Padre (Jn 1, 18; 1 Jn 1, 1-4), el testimonio más perfecto del amor de Dios a los hombres (1 Jn 4, 7-10).

Todo esto encuentra su resumen en uno de los pasajes centrales de los evangelios, la respuesta de Simón Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de Dios" (Jn 6, 68-69), escena que es equivalente a la recogida por los sinópticos (Mt 16, 16). Cristo, por tanto, como profeta predica el mensaje de salvación, manifiesta la voluntad de Dios a los hombres, presenta sus exigencias que muchas veces tendrían que ser radicales.

Cristo, Señor

Pero Cristo no sólo es palabra, es también acción, o, si se quiere, es la palabra de Dios que por sí misma es y se manifiesta eficaz. A él le corresponde el señorío, y lo ejercita. Así lo reconoce muy pronto la primitiva comunidad cristiana, y "Cristo es el Señor" es una de las primeras fórmulas de la fe (Flp 2, 11) . El señorío no es otra cosa que el dominio, por haber triunfado, de todos los enemigos, hostiles a la plena expansión de la vida de los hombres. Cristo es el Señor después de su resurrección de una manera perfecta, porque su victoria ha sido y es total y definitiva: el poder del pecado y de la muerte han sido vencidos.

Pero durante su vida terrena estuvo sometido a los embates de estos poderes, a los que superó en su existencia: a la muerte por su resurrección, y al pecado por la superación del egoísmo, autosuficiencia y soberbia del hombre, no dejándose aprisionar ni por la ambición del poder, ni por el provecho ni por el deseo de vanagloria (Mt 4, 1-11).

Su vida pública es vida de servicio, de entrega:  " El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28). Trata de vencer el poder del pecado en los hombres, lo mismo si éste aparece a la luz del día que si se encuentra agazapado en una vida ya organizada e incluso presentada como querida por Dios. Este es su señorío en la vida, vencer al pecado por la denuncia y el servicio: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues, si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 13-14).

Los dos aspectos, el profetismo y el señorío, aparecen resumidos en Mt 9, 35: "Recorría todas las ciudades y los pueblos enseñando en sus sinagogas proclamando la buena nueva del reino y sanando toda enfermedad y dolencia". Las dos actividades fundamentales que formaban parte de su misión fueron proclamar el evangelio de la salvación y operar esta salvación, significada en las curaciones como la expresión más clara de su caridad y de su entrega en favor de los hombres, principalmente de los pobres y de los oprimidos (Lc 4, 18. 19). Esto es lo que Jesús "hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo" (Hch 1, 1-21)

Cristo, Sacerdote

La carta a los Hebreos es el único escrito del  Nuevo Testamento que aplica a Cristo el término "sacerdote", con el que eran denominados algunos miembros del sacerdocio levítico de la antigua alianza (2, 17; 3, 1; 4, 14; 7, 26). Emplea también categorías propias del sacerdocio de Jesucristo. Pero esta terminología podría desfigurar la nueva realidad del sacerdocio de Cristo, si no se tiene en cuenta que la intención fundamental de la carta es precisamente mostrar que el sacerdocio ritual ha sido radicalmente transformado (éstos, los sacerdotes tes según la ley, dan culto en lo que es "sombra figura de realidades celestiales": 8, 5) y sustituido "por ministro mejor" (7,11-24; 8, 6-7).

Los múltiples sacrificios legales de la economía anterior han sido sustituidos por el único sacrificio de Cristo como oblación personal consumada en la  cruz: "Penetró en el santuario no con la sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre" (9, 12).

La originalidad del sacerdocio de Cristo es bien patente en su naturaleza, en su función, en su permanencia. Cristo es consagrado sacerdote y constituido mediador por su encarnación: "Tampoco, Cristo se apropió la gloria del sumo sacerdocio, si no  he engendrado hoy" (5, 5). Cristo cumple su función de sacerdote con su vida existencial, haciendo la voluntad del Padre: "Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo pues de mí -está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad" (10, 6-7).

El supremo acto del cumplimiento de la voluntad de Dios fue su muerte: "no se cumpla mi voluntad, sino la tuya"; por eso es la oblación perfecta de su persona como consecuencia del pecado para vencer el pecado. La permanencia del sacerdocio y sacrificio de Cristo es fruto de su resurrección y nueva vida que manifiesta el triunfo permanente sobre el pecado: "Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen". Manifiesta la intercesión continua: "No penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombres en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo para presentarse ahora ante al acatamiento de Dios en favor nuestro" (9, 24).

Si el autor de la carta a los Hebreos trata de salir al paso de dificultades y peligro de apostasía y exhorta a mantener la fe a determinados sectores provenientes del judaísmo, es lógico que intente iluminar su fe "contraponiendo a la nostalgia del antiguo sacerdocio y del antiguo culto levítico la persona de Cristo sacerdote según el orden de Melquisedec, superior a Aarón". Pero, al ser distinto el sacerdocio, es lógico también que los evangelios presenten la misma realidad sin aplicar nunca a Cristo la palabra sacerdote. Su consagración aparece en el bautismo: "Este es mi Hijo amado en quien me complazco" (Mt 3, 17).

Su función es el cumplimiento de la voluntad del Padre; toda su vida fue una donación y oblación personal en favor de los hombres para reparar sus miserias y dolencias y restaurar su libertad. El cumplimiento de esta voluntad y expresión de amor  tiene su momento culminante en la muerte: "el mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos, vayámonos de aquí", dice Jesús a sus discípulos después de la cena (Jn 14, 31).

La eucaristía es la permanencia del sacrificio de Cristo sacerdote, el signo visible de la vida de Cristo entregada por los hombres, que culmina en la muerte y que permanece por su resurrección y nueva  vida. Obsérvese, en este sentido, que el lugar de la institución de la eucaristía está ocupado en el evangelio de Juan por el relato del lavatorio de los pies, como expresión de la actitud "sacerdotal" de Jesús, que no pretendía ser meramente ritual, sino de servicio personal en favor de los demás (Jn 1
l2). La eucaristía es, pues, el sacrificio sacramento de Cristo, es decir, la presencia bajo signos sensibles de la vida sacrificada de Cristo por los hombres, para que éstos al participar hagan suya la realidad permanente de la muerte y de la vida de Cristo. Nótese, por tanto, la diferencia del sacrificio eucarístico con relación a los sacrificios del Antiguo Testamento; el rito está esencialmente subordinado al sacrificio existencial de Cristo y de los que participan en él.

De todo lo dicho se desprende que, al hablar de Cristo Sacerdote, no tenemos que aplicar las categorías del sacerdocio judío, mucho menos del pagano a la realidad del sacerdocio de Cristo. Más cerca estaríamos de las fuentes del Nuevo Testamento expresando la realidad de Cristo como el "profeta que presentó y vivió su mensaje de liberación has las últimas consecuencias entregando toda su persona en favor de los hombres, para que en él encuentre el hombre el sentido y la realización de su vida.

Fuente: Para  Vivir el Ministerio Jesús Equiza Germán Puhl

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