Homilía breve sobre la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 26, 3-5. 14—27, 66

 


Hermanos y hermanas,

Hoy contemplamos con recogimiento la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según el evangelio de san Mateo. Este relato no es solo la narración de un sufrimiento pasado; es el misterio del amor llevado hasta el extremo.

Desde el inicio vemos la conspiración: las autoridades planean la muerte de Jesús con astucia, mientras uno de los suyos, Judas, lo entrega por unas monedas. Aquí aparece ya un contraste profundo: la oscuridad del corazón humano frente a la luz inquebrantable del amor de Dios. Jesús no huye, no se defiende con violencia; Él se entrega libremente.

En la Última Cena, Jesús transforma el sentido de la traición: toma el pan y el vino, y se queda para siempre como alimento. En medio del dolor que se aproxima, su respuesta es el don de sí mismo. Nos enseña que el amor verdadero no depende de las circunstancias, sino de la fidelidad.

En Getsemaní, Jesús experimenta angustia y soledad. Ora al Padre: “que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Aquí vemos su humanidad plena, pero también su obediencia total. Nos enseña que en nuestras propias noches oscuras, la oración es el camino para confiar.

Luego vienen el juicio injusto, las burlas, la flagelación, la cruz. Jesús es rechazado, negado, abandonado. Y, sin embargo, desde la cruz pronuncia palabras de entrega: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. No es desesperación, sino una oración que abraza todo el sufrimiento humano.

Finalmente, su muerte no es derrota, sino el acto supremo de amor. El velo del templo se rasga: Dios ya no está lejano, el acceso a Él queda abierto para todos. Incluso un centurión pagano reconoce: “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”.

¿Qué nos deja esta Pasión? Nos revela que Dios nos ama hasta el extremo, que no se aparta de nuestro dolor, sino que lo asume y lo transforma. Nos invita a revisar nuestro corazón: ¿somos como Judas, que traiciona? ¿como Pedro, que niega? ¿o estamos dispuestos a seguir a Jesús hasta la cruz?

Pidamos la gracia de comprender que la cruz no es el final, sino el camino hacia la vida nueva. Que al contemplar a Cristo crucificado, aprendamos a amar, a perdonar y a confiar.

Amén.

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