La presencia de Dios en la brisa suave y en medio de la tempestad. Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario

 

La presencia de Dios en la brisa suave y en medio de la tempestad

1. El cansancio y las tormentas de la vida

​En las lecturas de este XIX Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios sale al encuentro de nuestra fragilidad humana.

  • El profeta Elías (1 Reyes 19, 9a. 11-13a): Huía agotado, desanimado y con miedo tras cumplir su misión. A veces nosotros también nos sentimos así: saturados por las exigencias diarias, el desgaste familiar o las pruebas personales.

  • Los discípulos en la barca (Mateo 14, 22-33): Se encuentran en medio de la noche, remando contra el viento y sacudidos por las olas. La barca representa nuestra vida y la de la Iglesia, a menudo azotada por la incertidumbre o el temor.

2. ¿Dónde encontramos a Dios?

​La liturgia nos regala dos revelaciones profundas sobre la presencia del Señor:

  • No está en el ruido ni en la violencia: Elías buscó a Dios en el viento fuerte, en el terremoto y en el fuego, pero Dios no estaba allí. Se le manifestó en el susurro de una brisa suave. Dios no suele hablar en los gritos ni en el ajetreo del mundo, sino en el silencio del corazón y en la oración confiada.

  • Viene al encuentro en la noche: Jesús no abandona a sus discípulos. Se acerca a ellos caminando sobre las aguas en el momento de mayor miedo y les dice: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».

3. La lección de Pedro: Mirar a Jesús, no a la ola

​Pedro intenta ir hacia Jesús, pero al sentir la fuerza del viento, le entra miedo y empieza a hundirse.

  • ​Mientras Pedro mantuvo la mirada fija en el Señor, pudo caminar sobre el agua. Cuando miró la tormenta y confió solo en sus propias fuerzas, comenzó a caer.

  • ​Su reacción fue inmediata y sabia: no intentó salvarse solo, sino que gritó: «¡Sálvame, Señor!». Al instante, Jesús extendió la mano y lo sostuvo.

Llamado a la acción para nuestra semana

  • Cultiva momentos de silencio: Busca un espacio diario para acallar el ruido exterior y escuchar la brisa suave de la voz de Dios en la oración.
  • Fija la mirada en Cristo: Ante tus dificultades actuales, no te quedes contemplando el tamaño del problema; contempla la fidelidad del Señor.

  • Aprende a gritar su nombre: Si sientes que te hundes, no te aísles. Repite en tu corazón la oración de Pedro: «Señor, sálvame», sabiendo que su mano siempre está extendida para sostenerte.

​Que en esta Eucaristía renovemos nuestra fe para proclamar con el corazón: "Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios". Amén. 

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