DE LA ORACIÓN Y DEL COMBATE ESPIRITUAL: OBISPO IGNACIO BRIANCHANINOV (1807- 1867)
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Gracia y Paz de parte de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor. (2 Cor 1, 3).
Dos
etapas en la oración; el martirio interior.
Las
ilusiones del demonio y la gracia de Dios: cómo se las distingue.
La unión
del intelecto y el corazón y su inmersión en Dios.
La unión
con el Señor.
El papel
de los métodos mecánicos.
Encontrar
el lugar del corazón.
Un
sentimiento de cálida ternura.
Oración
del intelecto, del corazón y del alma.
Cumplir
los mandamientos, antes y después de la unión del intelecto y el corazón.
Lo
esencial en la oración
Lectura
espiritual: Los autores rusos son más accesibles que los griegos.
La otra
ribera del Jordán.
Los
adversarios de la Oración de Jesús.
¿Conduce
a la ilusión la práctica de la Oración de Jesús?
La
ilusión es de aquéllos que no practican la Oración.
Jhoani Rave Rivera (C.O.P.S.)
DE LA ORACIÓN Y DEL COMBATE ESPIRITUAL
Los
frutos de la oración incesante
Es por la oración incesante que el asceta
alcanza una pobreza espiritual auténtica. Aprendiendo a pedir sin cesar la
ayuda de Dios, pierde poco a poco su confianza en sí mismo. Si hace algo con
éxito, no ve allí su propio logro, sino que lo atribuye a la misericordia
divina que él implora sin cesar. La oración incesante lleva a la adquisición de
la fe, pues aquél que ora continuamente comienza gradualmente a sentir la
presencia de Dios. Ese sentimiento se desarrolla poco a poco, de tal modo que
el ojo espiritual llega a reconocer a Dios en su Providencia mejor de lo que
el ojo natural ve los objetos materiales; y entonces el corazón conoce la
presencia de Dios por una experiencia inmediata. Aquél que ha visto a Dios de
esta manera y ha sentido así su presencia, no puede dejar de creer en él con
una fe viviente que se manifestará en sus actos.
La oración incesante vence al mal mediante la esperanza en Dios;
conduce al hombre a una santa simplicidad, separando su intelecto del hábito de
dispersarse en pensamientos distintos y hacer planes sobre sí mismo y sobre su
prójimo, y manteniéndolo siempre en una
pobreza y una humildad de pensamientos. Es en esto que consiste
la formación del hombre de oración. Aquél que ora sin cesar pierde
gradualmente el hábito de dejar vagar sus pensamientos, de estar distraído, de
estar colmado de vanas preocupaciones, y cuanto más profundamente se arraiga en
el alma ese impulso hacia la santidad y hacia la humildad, más se pierden los
hábitos precedentes. Finalmente, llega a ser como un niño, tal como lo recomienda Cristo en el Evangelio; llega a ser loco por amor de Cristo, es
decir, pierde la falsa sabiduría del mundo y recibe de Dios una inteligencia
espiritual. La curiosidad, la desconfianza y la sospecha son igualmente
destruidas por la oración incesante; a partir de allí, los otros comienzan
a parecemos buenos, y de esta transformación del corazón nace el amor por los hombres. Aquél que ora sin cesar
permanece constantemente en el Señor, reconoce al Señor como Dios, adquiere el
temor de Dios del cual nace la pureza, y ésta da nacimiento al amor divino. El
amor de Dios lo colma con los dones del Espíritu Santo, del que es el templo.
Dos etapas en la oración El martirio interior
Cuando se inicia la vida de oración se ora
únicamente por es- fuerzo personal. Sin ninguna duda, la gracia de Dios viene
en ayuda de cualquiera que ora con sinceridad, pero no revela su presencia.
Durante este período las pasiones ocultas en el corazón entran en juego y conducen
al que ora a un verdadero martirio en el cual victorias y derrotas se alternan
sin detenerse, y tanto la libre voluntad como la debilidad del hombre son
claramente puestas en evidencia.
En el segundo período, la gracia de Dios hace
sentir su acción y su presencia de manera sensible, uniendo el intelecto al
corazón y haciendo posible una oración sin ensueños ni distracciones, hecha con
un corazón pleno de calor y de lágrimas. En ese estadio, los pensamientos malos
pierden su fuerza y cesan de dominar al espíritu.
La primera etapa en la vida de oración puede
ser comparada a los árboles desecados por el invierno; la segunda, a esos
mismos árboles cubiertos de hojas y de brotes por el calor de la primavera. En
los dos casos, el arrepentimiento debe ser el alma y el fin de la oración. En
recompensa por el arrepentimiento que el hombre le ofrece mientras avanza
todavía por su propio esfuerzo, Dios le acuerda, cuando le place, un
arrepentimiento lleno de la gracia divina. Y el Espíritu Santo, una vez que ha penetrado
en el hombre, intercede en él con gemidos inefables... Intercede en favor de
los santos según la voluntad de Dios" que sólo él conoce (Romanos 8,
26—27).
De todo esto, resalta claramente que las
tentativas del debutante por alcanzar el lugar del corazón, es decir encender
en sí mismo, prematuramente, la acción sensible de la gracia, constituye un grave error que invierte el orden
requerido y la estructura lógica de la ciencia de la oración. Una tentativa
semejante es orgullo y locura. No es bueno para un debutante utilizar las
prácticas que los santos Padres aconsejan para los monjes experimentados y para
los hesicastas.
Las ilusiones del demonio y la gracia de Dios
Cómo se las distingue
Que nadie, escuchando a un pecador
hacer el relato
de las grandes cosas realizadas por la acción del Espíritu, vacile ni
se turbe, pensando que la acción de
la que oye hablar es obra de los demonios, una ilusión. Él debe rechazar esos
pensamientos blasfemos. ¡No y no! La acción de la ilusión no se manifiesta de ese modo. Decidme: ¿es posible al
demonio, el enemigo, el asesino de nuestra raza, convertirse en su médico?
¿Podría el demonio rehacer la unidad entre las partes y las potencias del
hombre que han sido dispersadas por el pecado, liberarlo
de su dominación y hacerlo
salir del estado de contradicción y de guerra intestina para llevarlo a
la santa paz de Dios? ¿Podría el demonio liberar al hombre del abismo de su ignorancia y comunicarle un
conocimiento vivo de Dios fundado sobre la experiencia y no sobre las pruebas
venidas del exterior? ¿Podría el demonio predicar y enseñar en detalle lo que
concierne al Salvador; predicar y enseñar cómo, por el arrepentimiento,
¿podemos acercarnos a Él? ¿Podría el demonio rehacer en el hombre la imagen
original y restablecer su semejanza con Dios, la que el pecado ha turbado?
¿Podría hacerle sentir el sabor de la pobreza espiritual, de la resurrección,
de la renovación y de la unión con Dios? ¿Podría elevar al hombre hasta la
comunión con Dios, una comunión en la cual él llega a ser como si no existiera,
sin pensamientos, sin deseos, enteramente sumergido en un silencio maravilloso?
Ese silencio es la absorción de todas las potencias del ser humano que son,
entonces, enteramente volcadas hacia Dios y desaparecen, de algún modo, ante su eterna majestad.
La ilusión actúa de una manera, y Dios de
otra diferente. El Amo todopoderoso del hombre ha sido y sigue siendo su
creador. El que ha creado y crea nuevamente ¿no conserva todo su poder?
Escuchad, hermano bien amado, cómo se distingue la ilusión de la acción divina.
La ilusión, cuando se acerca al hombre, ya sea en pensamiento o en sueño, por alguna
idea sutil o por alguna
aparición perceptible a los ojos del cuerpo, o por alguna voz en alto,
perceptible a los oídos del cuerpo, no se presenta jamás como un amo absoluto,
sino como un encantador que busca hacerse aceptar por el hombre, para ejercer
sobre él su dominio. La acción de la ilusión, ya sea que se manifieste por
fuera o en el interior del hombre, viene siempre del exterior; el hombre puede
rechazarla. La ilusión deja siempre subsistir al principio una cierta duda en
el corazón; sólo aquéllos a quienes ella ha conquistado enteramente la aceptan
sin vacilación. La ilusión no rehace jamás la unidad en el hombre dividido por
el pecado, no detiene las rebeliones de la sangre, no conduce al asceta al
arrepentimiento ni lo empequeñece ante sus propios ojos; por el contrario,
inflama su imaginación, refuerza los impulsos de las pasiones, le aporta una
alegría insípida y emponzoñada y lo adula insidiosamente, inspirándole el
contentamiento de sí mismo e instalando en su alma un ídolo, el "Yo".
La unión del intelecto y del corazón y su
inmersión en Dios
La acción divina no es algo material; ella es
invisible, inaudible, inesperada, inimaginable e inexplicable por medio de
analogías tomadas de este mundo. Su llegada y su trabajo en nosotros son un
misterio. Comienza por revelar al hombre su estado de pecado y le pone delante
de los ojos el horror al mal; lo lleva a condenarse a sí mismo, le muestra su
decadencia, ese terrible y sombrío abismo de destrucción en el cual ha caído
por efecto del pecado de nuestro primer padre. Enseguida, poco a poco, la
acción divina produce en él una atención acrecentada y la contrición del
corazón en la oración. Habiendo preparado así el corazón del hombre, torna las
partes divididas y, con un acto repentino, inesperado e inmaterial, las
restablece en la unidad. ¿Qué es lo que las ha tocado? No podría explicarlo. Yo
no veo nada ni escucho nada, pero sé y siento en mí una transformación
repentina, debida a una acción todopoderosa. El Creador acaba de actuar, para
renovar, como actuó una primera vez para crear. Decidme si el cuerpo de Adán,
formado de polvo, yaciendo ante su Creador y todavía inanimado, podía tener una
noción de la vida y sentirla de algún modo. Cuando fue repentinamente
vivificado por el soplo de vida, ¿habría podido preguntarse si iba a aceptar
ese don? Adán creado, se sintió repentinamente viviente, pensante, deseante. La
recreación del hombre se produce de la misma manera repentina. El Creador ha
sido y sigue siendo el amo absoluto; actúa con autoridad, de una manera sobrenatural, más allá de toda concepción y de todo
pensamiento, con una sutileza infinita. Actúa espiritualmente y no materialmente.
Ha tocado con su mano mi ser todo entero, y
mi espíritu, mi corazón y mi cuerpo han sido unidos, componiendo un todo único
y simple. Han sido sumergidos en Dios y permanecen en él mientras una mano
invisible, incomprensible y todopoderosa los retiene allí.
La unión con el Señor
Todo verdadero cristiano debe recordar
siempre, y no olvidar jamás, que lo más necesario para él es estar unido a
nuestro Señor y Salvador Jesucristo,
con todo su ser. Que el Señor habite su intelecto y su corazón, y que así
comience a vivir la vida de Cristo. El Señor tomó nuestra carne y nosotros
debemos a nuestro turno tomar su carne y su Espíritu muy santo, haciéndolos
nuestros y adhiriéndonos a ellos para siempre. Sólo una unión semejante con
nuestro Señor nos dará esta paz y esta buena voluntad, esta luz y esta vida que
hemos perdido en el primer Adán y que son renovadas
actualmente por el segundo Adán, el Señor Jesucristo. El medio más seguro de llegar a esta unión con
Nuestro Señor es, después de la comunión de su carne y de su sangre, la Oración interior
de Jesús.
El papel de los métodos mecánicos
Lo que es esencial e indispensable en la
oración es la atención. No puede haber oración sin atención. La verdadera
atención, vivificada por la gracia, viene de la mortificación del corazón que
rechaza al mundo. Los métodos
mecánicos son siempre
secundarios; son medios, no un fin. Los mismos Padres que recomiendan
introducir la atención en el corazón uniéndola a la respiración dicen que,
cuando el intelecto tomó el hábito de estar unido al corazón, - o, más
exactamente, cuando esta unión se cumple por el don y la acción de la gracia -,
el intelecto no tiene ya ninguna necesidad del auxilio de esos métodos
mecánicos, sino que se une al corazón por sí mismo, por su propio movimiento.
Encontrar
el lugar del corazón
Cuando leemos en los escritos de los Padres
algo que se refiere al lugar del
corazón, que el intelecto descubre por la oración, debemos comprender que hablan de la facultad espiritual que
existe en el corazón. Colocada por el Creador en la parte superior del corazón,
esta facultad espiritual es lo que distingue al corazón del hombre de aquél de
los animales. Estos tienen, en efecto, como el hombre, la facultad de querer y
desear, de experimentar celos o cólera. La facultad espiritual que está en el corazón
se manifiesta, - independientemente del intelecto-, en la conciencia de nuestro
espíritu, en los sentimientos de arrepentimiento, de humildad, de dulzura, en
la contrición del espíritu, o la profunda lamentación por nuestros pecados y en
otros sentimientos de orden espiritual; ahora bien, todo esto es extraño a los
animales. La facultad intelectual en el alma del hombre, aunque espiritual, se
encuentra en el cerebro, es decir,
en la cabeza; igualmente, la facultad espiritual que llamamos el espíritu del
hombre, aunque sea espiritual, se encuentra en la parte superior del corazón,
cerca de la tetilla izquierda y un poco por
encima. Así, la unión del intelecto y del corazón es la unión de los
pensamientos espirituales de la inteligencia con los sentimientos espirituales
del corazón.
Un
sentimiento de cálida ternura
Es esencial que en el momento ríe la oración,
el intelecto esté unido al espíritu y que ambos reciten juntos la oración; pero
mientras el intelecto trabaja con palabras, pronunciadas mentalmente o en voz
alta, el espíritu actúa por un sentimiento de cálida ternura o por las
lágrimas. La unión de ambos está regulada según el tiempo señalado por la
gracia divina; pero para el principiante basta que el espíritu simpatice y
actúe con el intelecto. Si la atención es mantenida por el intelecto, el
espíritu sentirá muy pronto un verdadero calor y ternura. El espíritu es a
veces llamado el corazón,
como el espíritu es a veces llamado
la cabeza.
Oración
del intelecto, del corazón y del alma
La oración es llamada "del
intelecto", cuando es recitada por el intelecto con una profunda atención
y la simpatía del corazón. Es llamada "oración del corazón" cuando es
recitada por el intelecto unido al corazón, cuando el intelecto desciende en el
corazón y ora en sus profundidades. La oración es llamada "oración del
alma", cuando surge del alma toda entera, con la participación del mismo
cuerpo, cuando es ofrecida por el ser entero que se convierte, por así decirlo, en
el medio de expresión de la oración.
En sus escritos, los santos Padres incluyen a
menudo, bajo el nombre de "oración del intelecto" u "oración
mental", a la vez la oración del corazón y la del alma. Sin embargo, a
veces los distinguen. Es así como San Gregorio, el Sinaíta dijo: "Llamada Dios sin cesar con el intelecto
o con el alma". Pero en nuestros
días, en que hay poca enseñanza oral sobre ese tema, conviene conocer
las diferentes definiciones. Para algunos, es la oración del intelecto la que se revela como más
activa; para otros la del corazón; para algunos otros, la del alma. Todo esto
depende del don otorgado a cada uno, por naturaleza o gracia, por el Donador de
todo bien. Sucede también que, en el mismo asceta, prevalece primero una forma de oración y luego otra. Muy a
menudo, e incluso en la mayoría de los casos, esta oración está acompañada de lágrimas.
Cumplir los mandamientos
Antes y después de la
unión del intelecto y del corazón
No se cumple con los mandamientos, antes de
la unión del intelecto y el corazón, como se los cumple después. Antes de esta
unión, el asceta sólo cumple
los mandamientos con mucho esfuerzo, pues le es necesario forzar y
vencer su naturaleza caída; pero una vez que esta unión se realizó, la fuerza espiritual que une el intelecto
al corazón lo impulsa por sí mismo a cumplirlos y vuelve el esfuerzo fácil y
agradable: "Corro por el camino de tus mandamientos, pues tú mi corazón
dilatas" (Salmo 118,32).
Lo esencial en la oración
Lo que es esencial durante la oración, es
unir el intelecto al corazón. Esto no puede lograrse más que por la gracia de
Dios y en el tiempo señalado por él. Las técnicas son ventajosamente
reemplazadas por una recitación apacible de la Oración. Es necesario hacer una
breve pausa entre cada invocación, la respiración debe ser calma y apacible, y
el intelecto debe permanecer encerrado en las palabras de la oración. Por ese
medio, se puede fácilmente alcanzar cierto grado de atención. Muy rápidamente
el corazón comienza a sentirse en simpatía con la atención del intelecto
mientras ora; comienza entonces a existir acuerdo entre el corazón y el
intelecto y, poco a poco, ese acuerdo se transformará en unión del intelecto y del corazón:
de ese modo, la manera de
orar recomendada por los Padres se establecerá por sí misma. Los métodos
mecánicos y corporales nos han sido propuestos, únicamente, como medios de
lograr fácil y rápidamente la atención en la oración, jamás como algo esencial.
Lectura espiritual: Los autores rusos son más
accesibles que los griegos
Todos los escritos de los Padres griegos son
dignos del mayor respeto a causa de la gracia abundante y de la sabiduría
espiritual que contienen y exhalan. Sin embargo, los escritos de los Padres
rusos nos son más accesibles a causa de la claridad y de la simplicidad de sus
exposiciones, y también porque son más cercanos a nosotros en el tiempo.
Los escritos del starets Basilio
son lo primero que deberían leer aquéllos que desean practicar con éxito la oración.
Es además, para eso, que el starets los compuso, y es por ello que se los llama "introducciones" o
"estudios preliminares" a la lectura de los Padres griegos.
La otra ribera del Jordán
La práctica de la Oración de Jesús alcanza su
cumbre cuando se llega a la oración pura, la que es coronada por la apátheia o
perfección cristiana, don de Dios, que él acuerda a esos luchadores
espirituales cuando le place.
San Isaac el Sirio dijo: "Pocos reciben el don de la oración pura.
Apenas se encuentra en cada generación una sola persona que alcanza el misterio cumplido
en la oración pura y que, por la gracia y el amor de Dios, alcanza la otra
ribera del Jordán".
Los
adversarios de la Oración de Jesús
Algunas personas han desparramado un
desdichado prejuicio contra la Oración de Jesús, aunque carecen de conocimiento
personal que provenga de una correcta y larga práctica de la Oración. Para esas
personas, hubiera resultado más seguro y más sensato abstenerse de pronunciar
un juicio sobre el tema: habrían medido su ignorancia completa acerca de esta
tarea sagrada, en lugar de tomar sobre sí la misión de predicar contra la
práctica de la Oración de Jesús y denunciar esa santa Oración como causa de
ilusión diabólica y perdición del alma. Debo decir, a manera de advertencia,
que condenar la Oración que utiliza el nombre de Jesús y atribuir a ese nombre
un efecto perjudicial es tan violento como la condenación de los milagros de
nuestro Señor pronunciada por los fariseos. Esa teoría ignorante y blasfema
contra la Oración de Jesús, tiene todas las características de una
pseudofilosofía herética.
¿Conduce
a la ilusión la práctica de la Oración de Jesús?
Hay personas que afirman que la Oración de
Jesús es seguida de ilusiones, siempre, o casi siempre, y por lo tanto prohíben
su práctica.
Admitir semejante idea y defenderla
constituye una terrible blasfemia,
una ilusión de un carácter totalmente deplorable. Nuestro Señor Jesucristo es la fuente única de nuestra
salvación, el único medio por el cual podemos ser salvados, y su Nombre humano
ha recibido de su divinidad un poder santo e ilimitado
para salvarnos.
¿Cómo
podría, ese poder que opera nuestra salvación, el único poder que da la
salvación, ser desnaturalizado y actuar para nuestra perdición? Semejante
sugestión es absurda. Es un triste sinsentido, blasfemo y destructor. Aquellos
que siguen este razonamiento están verdaderamente embaucados por el demonio y
abusan de una dialéctica falsa que proviene de Satanás.
Examinad las Santas Escrituras: encontraréis
por todas partes el nombre del Señor Jesucristo glorificado y a su poder de
salvación exaltado. Estudiad los escritos de los Santos Padres y veréis que
todos, sin excepción, proponen y aconsejan la práctica de la Oración de Jesús, designándola como un arma más poderosa
que ninguna otra en el cielo y
sobre la tierra, un don de Dios, una herencia inalienable, uno de los legados
más preciosos y más elevados del Dios-Hombre, un consuelo muy dulce y lleno de
amor, una prenda segura. En fin, id a los decretos canónigos de la Iglesia
Ortodoxa Oriental, y veréis que, para sus hijos iletrados, monjes o laicos, la
Iglesia ha establecido la recitación de la Oración de Jesús, como supletoria de
la lectura de los salmos y de las oraciones que se deben decir en la celda o la
habitación de cada uno. ¿Qué peso, entonces, se puede acordar a los consejos de
algunas personas ciegas, llevadas hasta las nubes y aplaudidas por otras
también ciegas, en comparación con el testimonio unánime de las Santas
Escrituras, de todos los Santos Padres y de los decretos canónigos de la
Iglesia respecto de la Oración de Jesús?
La ilusión, es de aquellos que no practican
la Oración de Jesús
Existen buenas razones para mirar como error
o ilusión el estado interior de esos monjes que, habiendo rechazado la práctica
de la Oración de Jesús y el trabajo interior en general, se contentan con
oraciones exteriores, - asistencia asidua
a los servicios de la iglesia y observancia estricta de una regla de
oraciones privadas consistente exclusivamente en la recitación de salmos y
oraciones vocales-. No pueden dejar de estar imbuidos de sí mismos, como lo
explica el starets Basilio. Esa es precisamente la señal del espíritu imbuido
de sí mismo: aquéllos que tienen ese defecto llegan a considerarse que llevan
una vida de celo, y a menudo, por orgullo, desprecian a los demás. La oración
verbal y vocal es ciertamente útil cuando está ligada a la atención, pero esto
sólo sucede muy ocasionalmente, pues es sobre
todo la Oración
de Jesús la que nos enseña a conservar
nuestra atención.
Fuente:
EL ARTE DE LA ORACIÓN:
Compilación efectuada
por el Higúmeno Chariton De
Valamo
Páginas 140-149
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