El Espiritismo y el Clero Católico por Léon Denis
El Espiritismo y el Clero Católico. Léon Denis. Traducción de Teresa
Contenido resumido
Clasificado como uno
de los folletos de defensa, este era uno de los medios por el cual Léon Denis
respondía a los ataques contra el Espiritismo. Oponiendo argumentos en su mayor
parte oriundos de las experiencias psíquicas con ilustres padres de la Iglesia,
Denis respondió en defensa del Espiritismo empleando incluso las expresiones
intelectuales católicas.
Al
final, hace un análisis de la reencarnación, y termina este estudio mostrando
el aspecto consolador de la Doctrina Espírita.
Al traer a público El Espiritismo y el Clero Católico, procedemos según el plan de trabajo del Centro que es el de publicar toda la obra impresa de Léon Denis. El libro ha sido clasificado por Gaston Luce, el ilustre biógrafo de Denis, como “uno de los cuadernillos de defensa”. Ese era uno de los medios por los cuales León Denis respondía a los ataques contra el Espiritismo.
En la época en que
fue escrito (1921) encontramos a un Léon Denis ya quebrantado de fuerzas;
habría de desencarnar seis años más tarde, pero con enorme vigor intelectual y
siempre pronto a responder a quien atacase el Espiritismo. Y esto él lo hizo
admirablemente, no ahorrando esfuerzos ni siquiera procurando dulcificar
cualesquiera palabras. Sus razonamientos claros traen la verdad a los lectores. Oponiendo argumentos, en su mayor parte oriundos de las experiencias
psíquicas con ilustres padres de la Iglesia, Denis respondió en defensa del espiritismo
empleando incluso las expresiones intelectuales católicas.
Al final, el maestro
hace un análisis de la reencarnación. Nuevamente empleando los argumentos del
padre Coubé, demuestra que la reencarnación es nada más y nada menos que la
creencia común de los primeros cristianos. Denis echa un vistazo por la Historia
y nos muestra que, en pleno siglo IV, San Jerónimo
“ya reconocía que la creencia en las vidas sucesivas era la de la mayoría de
los cristianos de su tiempo”.
Los argumentos de
Denis eran, por tanto, en su mayor parte, calcados de las experiencias de los
padres de la Iglesia.
Termina este estudio
mostrando el aspecto consolador de la Doctrina Espírita. Ese aspecto, por
cierto, constituye una piedra de
tropiezo en los que rechazan la reencarnación. Normalmente, los que a ella se oponen lo hacen por intereses
personales, porque no hay quien no se rinda a las lecciones sublimes de
amor y comprensión humanos
tan bien pregonadas y sintetizadas por el Espiritismo.
Entregando a los lectores este nuevo libro, nos sentimos satisfechos por la excelente y sustancial obra firmada por el “profesor de confianza” que fue Léon Denis.
Altivo Carissimi
Pamphiro
Primera Parte
El Espiritismo y las Contradicciones de la Iglesia
Capítulo I
El padre Coubé, en
sus viajes de predicación y sus conferencias en la Magdalena, en París, empezó
los ataques, continuados bajo la forma de artículos que ha publicado
mensualmente en la revista L’Idéal. i
A su turno, el padre Mainage, dominico muy apreciado en su medio, salió en socorro suyo en la Libre Parole y en la Revue des Jeunes. Su ejemplo fue imitado por todas partes. Dispararon contra nosotros desde lo alto de los púlpitos y desde el fondo de los confesonarios.
Todo esto aún no les parece suficiente. La artillería pesada del Vaticano ha entrado en el
combate. En una reunión plenaria, los cardenales inquisidores del Santo Oficio,
en Roma, prohíben que los fieles frecuenten las reuniones y los estudios
espíritas, “aunque tengan una apariencia honesta y piadosa.”
Tras algunos días, el Papa Benedicto XV aprobaba esa resolución y el arzobispo de París, en la Semaine Religieuse solicitaba que sus diocesanos le diesen la más seria atención. Así, todos los cañones de la Iglesia atruenan en conjunto contra el pobre Espiritismo, que no por ello sufre cualquier mal.
El Espiritismo ya ha
conocido otros muchos asaltos, es tan antiguo como el mundo y durará tanto como
él, porque reposa en base indestructible: la Verdad.
Sus adversarios pueden revolverse contra él, pero solo conseguirán llamar la atención del público a su favor y aumentar el número de sus adeptos. Es lo que pasa en todos los casos análogos. Solo nos cabe desear que nuestros contradictores continúen tan eficaz propaganda.
Procuramos, en balde, una explicación justa en la decisión del Santo Oficio. Su prohibición no viene seguida de explicación alguna.
Quedamos limitados a
socorrernos de los argumentos de los predicadores de la prensa católica para
descubrir los motivos que dieron origen a tal resolución.
En sus sermones y
durante una entrevista concedida a un redactor del Matin, el padre Coubé reconoce la realidad de los fenómenos
espíritas e incluso presenta pormenores, demostrando cierto interés, pero los atribuye
a una intervención satánica. En sus
artículos en L’Idéal, repite,
incesantemente, la cuestión del infierno.
El padre Mainage, en la Revue des Jeunes, de 25 de abril de 1917, no se presenta menos radical. Los fenómenos espíritas, dijo él tienen por origen “un mal principio, muy artero al emplear los medios de cegar las almas y perderlas.”
En
el prefacio que hizo para el libro de la señora H. Minsk- Jullien, Les Voices de Dieu,ii él habla aún de la intervención del
diablo en los hechos espíritas.
Nos encontramos
frente a la antigua teoría satánica, bastante odiosa. Da pena ver a hombres
inteligentes, dotados de real talento, recurrir a argumentos tan desgastados.
Sin embargo, la palabra de orden fue dada, el tema fue impuesto y ¡es preciso obedecer!
¡Lo lamentamos por
las buenas almas, constreñidas a aceptar tarea tan ingrata!
Ya no nos detendremos más en una tesis que hemos refutado muchas veces iii y que apenas hace despertar una sonrisa burlona en los labios de aquellos a quienes osan presentarla. Nos limitaremos a contraponer a las opiniones de los padres Coubé y Mainage, las de los teólogos cuya autoridad es incontestable.
Para empezar, citemos a monseñor Chollet, obispo de Verdún, iv antiguo profesor de la Facultad Católica. En su obra titulada Contributions de l’Occultisme à l’Anthropologie, página 58, criticando nuestra doctrina, él reconoce que las ciencias llamadas “ocultas” presentan una valiosa contribución a la Antropología, al igual que a la Biología, a la Psicología, a la Moral, a la Ciencia de las Religiones, a la Etnografía, y añade:
“Pensamos, pues, que
no debemos admitir fácilmente la acción
del demonio en los hechos del ocultismo, y que si esa acción en ellos se
ejerce, eso solo se produce muy raramente.”
El
eminente prelado inglés, monseñor Benson, hijo del fallecido arzobispo de
Cantorbery, convertido a la religión católica, y que forma parte de la diócesis
de Westminster, en Londres, exponía al Daily
Express v su manera de ver el Espiritismo:
“Estoy convencido de
que ciertas manifestaciones psíquicas nos posibilitan relaciones con las almas
de los muertos…
Toda la raza humana
siente la presencia real de las almas a su alrededor, desde hace muchos siglos.
Ya se han registrado manifestaciones de los espíritus y ya se ha hablado de
casas encantadas. El fenómeno tiene un fondo de verdad…
Por mi parte, imagino
que el mundo de los espíritus se agita en torno a nosotros, ejerciendo su poder, y que
algunos de esos espíritus, en casos cuyas condiciones exactas se nos escapan,
se aparecen verdaderamente.”
El célebre padre Lacordaire, en una de sus Lettres a Mme. Swetchine (20 de junio de 1853), así se expresaba:
“¿Ya habéis visto
girar las mesas y ya las habéis oído hablar? Yo desdeñé de verlas girar, como
algo muy vulgar, pero las he oído y las he hecho hablar. Ellas me han dicho
cosas muy importantes sobre el pasado y el presente.vi
Por más
extraordinario que esto parezca, para un cristiano vii que cree en los espíritus, es tan solo
un fenómeno bien vulgar y bien pobre.
En todas las épocas
hubo procesos más o menos bizarros para la comunicación de los espíritus, pero
antiguamente se hacía misterio con esos procesos, como se hacía misterio con la
Química. La Justicia, por medio de ejecuciones terribles, arrojaba en la sombra estas extrañas prácticas.
Hoy, gracias a la
libertad de los cultos y de la publicidad universal, lo que era un secreto se
ha vuelto fórmula popular. Ciertamente, con esa divulgación, Dios ha querido
proporcionar el desarrollo de las fuerzas
espirituales, a fin de que el hombre no se olvidase, en presencia de las
maravillas de la mecánica, de que hay dos mundos incluidos el uno en el otro:
el de los cuerpos y el de los espíritus.
A los cardenales del
Santo Oficio les recordaremos lo que decía el no menos eminente cardenal Bona,
tan justamente apodado el “Fénelon de Italia”, en su Traité du Discernement des Esprits:
“¡Es asombroso que
haya hombres de buen sentido que hayan osado negar enteramente las apariciones
y las comunicaciones de las almas con los vivos, o atribuirlas a una imaginación alucinada o, entonces, al arte
de los demonios!”
Aún es preciso citar autoridades más altas:
San
Agustín, en De Cura pro Mortuis, da
su opinión en estos términos:
“Los espíritus de
los muertos pueden ser enviados a los vivos; pueden desvendarles el futuro, que
ellos conocen, ya por mediación de otros espíritus, por los ángeles
o por una revelación divina” .viii
Y más adelante, añade:
“¿Por qué no
atribuir esas situaciones a los espíritus de los difuntos y no creer que la
Divina Providencia hace buen uso de todo, para instruir a los hombres,
consolarlos o asustarlos?”
De Santo Tomás de Aquino, el “Ángel de la Escolástica”, nos dice el abate Poussin, profesor en el Seminario de Nice, en su obra Le Spiritisme devant l’Èglise (1866):
“se comunicaba con los habitantes del otro mundo, con muertos que le informaban sobre el estado de las almas por las cuales él se interesaba, con santos que lo reconfortaban y le abrían los tesoros de la ciencia divina.”
Ante tantas
contradicciones, ¿Cómo quedan la magnífica unidad de miras, la pura doctrina
infalible, el dogma intangible que era la magnificencia de la Iglesia Romana?
Los
hombres que se suponen los representantes de Dios en la Tierra, los fieles
intérpretes de su palabra, los que se juzgan con el derecho absoluto de gobernar nuestras conciencias, esos
permanecen dubitativos, vacilantes, frente a esta cuestión capital:
¡las
condiciones de la vida futura y las relaciones entre vivos y difuntos!
Será, por tanto, al Espiritismo a quien irá a pedir la Humanidad las certidumbres y los consuelos que le son necesarios y de los cuales está hoy desprovista. Las perplejidades del padre ante esos problemas se revelan de forma chocante en el prefacio escrito por el padre Mainage para el libro de la señora Minsk-Jullien, del que ya hemos hablado.
Se trata de una
joven señora, “animada de un odio inexplicable
contra la Iglesia”, a quien los consejos del difunto marido reconducen al
Catolicismo. Diversos fenómenos espíritas han concurrido para esa conversión:
tiptología, premoniciones, etc.
El autor del prefacio está bastante desconcertado. “¿Cómo explicar ese retorno a la fe a través de una intervención del demonio?” cuestiona. Si bien la Iglesia califica esas prácticas como diabólicas, las comunicaciones obtenidas por la señora Minsk no tienen necesariamente esa característica.
¿Se habría Dios
servido del Espiritismo para reconducir a esa señora al Catolicismo?
Aunque la
solución del problema sea tan sencilla, tan fácil de encontrar, el padre
Mainage se debate en un círculo de contradicciones y dificultades. El
distinguido religioso, cuyas intenciones parecían sinceras, está como
desorientado en ese dominio que le es poco familiar. Sin embargo él presentó la única explicación plausible, citando en
la página 495 de la Revue des Jeunes:
“La muerte no nos
cambia, somos en el Más Allá lo que hemos
hecho en esta vida.”
Los espíritus
conservan durante mucho tiempo después de la muerte sus opiniones terrenas.
Ahora bien, la señora Minsk- Jullien, al casarse, había entrado para una familia
católica. Su cuñado era cura y su cuñada era apegada a la devoción. Su marido,
que ella había transformado en librepensador, se convirtió, gracias a la
Ultra-Tumba, por mediación de espíritus creyentes.
En la primera
manifestación espírita relatada, se produjo la aparición del suegro difunto
para afirmar su fe en la vida eterna y su voluntad de atraer, hacia ella, a su hijo todavía vivo (página
43 del citado libro). Éste, después de muerto, cedió a las sugerencias
paternas. Esta es la única solución posible del enigma.
La intervención del demonio nada tiene que ver aquí y esa hipótesis no tiene otra finalidad más que desacreditar al Espiritismo. Tras haber vislumbrado la verdad como en un relámpago, el padre Mainage recae en sus dudas. En el transcurso de sus conferencias en S. Luis d’Antin (1920), 6º sermón, y en su libro La Réligion Spirite (1921-1922), aún evoca el espectro de Satán.
Es ciertamente la neurosis diabólica, dolencia mental que tanto perjudicó en la Edad Media, ha causado tantos males y se perpetúa hasta nosotros. La teoría del demonio y del infierno ha rendido tantas ventajas a la Iglesia que ésta no vacilará en servirse de ella en las horas difíciles. Sin embargo, lo que en el pasado podía impresionar, hoy nada más suscita que un escepticismo burlón.
Frente a las
afirmativas perentorias proferidas desde la cátedra,
el hombre actual preferirá las demostraciones positivas, las experiencias
siempre controlables de un Crookes, de un Myers,
de un Lodge, de un Aksakof, de un Lombroso.
El Espiritismo hace, poco a poco, su brecha en la Ciencia. Los hechos, las pruebas y los testimonios se acumulan en su favor. Gran número de sabios célebres, principalmente en Inglaterra, se cuentan entre sus adeptos. Puede mirar hacia el futuro con confianza, considerar con indulgencia y serenidad las críticas vanas de que es objeto.
¿Puede la Iglesia Romana decir lo mismo? No, seguramente.
Bajo las intemperancias de lenguaje de sus defensores, se adivina un despecho, un recelo de ver a nuestras creencias sustituir, poco a poco, al oscuro y sofocante dogma católico. ¿No será también rebajar a Dios, como hace el padre Mainage, creyendo en su intervención en el curso de las manifestaciones de orden físico?
Se diría que el
Catolicismo estaba empeñado en amezquindar a
Dios y que ha logrado su propósito con los hombres que, en su mayoría, han
llegado a perder de vista la majestad divina y el esplendor de sus leyes.
La Iglesia tenía por
misión conservar en el hombre la noción clara y elevada de Dios y de la vida
futura. Ahora bien, el materialismo y el ateísmo son los que reinan como
dominadores en la sociedad moderna.
Socorriéndose siempre
del espantajo del infierno y de las penas
eternas, haciendo de Dios el verdugo de sus criaturas, atribuyendo a Satán un
papel importante en el universo, ha llevado
al hombre a la negación.
En el transcurso de
una conferencia en una ciudad del Sur, un buen católico me hizo la siguiente
objeción:
-
Usted ha dicho que el infierno es un simple producto
de la imaginación. Yo he ido a Nápoles y he visto al Vesubio en erupción; es una de las bocas del infierno
que, por lo tanto, es una realidad.
Le repliqué:
-
Entonces ¿usted cree que el infierno se encuentra en
el centro de la Tierra? Sin embargo, habiendo sido la Tierra una gran masa ígnea, un globo de fuego, antes
de hacerse sólida y de ser habitada, de ahí resulta que Dios ha creado el
infierno antes de
crear el hombre. Así, podría compararse a Dios con un gran señor de la Edad
Media que deseando fundar una ciudad, empezaría por mandar construir, en el
centro, la gehena, la casa de los
suplicios, el lugar de torturas y diría en seguida a todos: “¡Venid, amigos míos, a instalaros en ese lugar, que he preparado con cariño!”
Con esas palabras, toda la sala fue sacudida por una enorme hilaridad, y mi contradictor se quedó con aire contristado. He aquí a dónde llegan tales teorías. ¿Dudan nuestros excelentes predicadores católicos del resultado obtenido por sus efectos oratorios?
La noción de Dios es inseparable de la de justicia; cuando una se desmorona arrastra también a la otra. Ahora bien, pese a todas las argucias y a todos los sofismas, jamás se podrá conciliar la noción de justicia con la de un infierno perpetuo. El sentimiento, la piedad, la misericordia, no se combinan con tales ideas.
Diré a nuestros contradictores:
¿¡Cómo recomendáis a
los fieles, con convicción, el perdón de las ofensas, el olvido de las injurias;
aconsejáis a los padres la indulgencia para con sus hijos; os gusta citar la
parábola del hijo pródigo, que no obstante sus errores, fue acogido por su padre, de brazos abiertos, y hacéis de
Dios, Padre de todos, un ser despiadado y cruel?! ¡Despiadado por toda la
eternidad!
¿No sentís temblar
algo dentro de vosotros, cuando afirmáis semejantes errores, tales absurdos?
Capítulo II
Para empezar,
recurre a la leyenda oriental
que el Judaísmo ha tomado prestada a la India y a Persia y fue
transmitida al Cristianismo. A continuación, pasa en revista
todas las fases de
la supuesta historia y los diversos modos de acción del “espíritu del mal”.
Para él, los
misterios sagrados de Egipto y de Grecia, las brillantes escuelas filosóficas
donde maestros venerables enseñaban los altos principios a una elite
intelectual, a una juventud atenta e interesada, todas las manifestaciones del
genio antiguo no son más que obra del demonio.
Los sueños de los
poetas, en todos los tiempos, los esfuerzos de los escritores y de los artistas
para fijar, en el papel o en el mármol, los rasgos imaginarios de Satán, son, a
sus ojos, otras tantas pruebas de su existencia.
En
fin, en un estilo colorido, él concluye diciendo que el Espiritismo no es sino
uno de los modos de intervención del “maligno” en el mundo moderno.
No ignoremos que los
hombres de las primeras edades personificaban las fuerzas de la Naturaleza, los
poderes del Bien y del Mal,
prestándoles formas humanas. Los orientales, principalmente, grandes amadores
de metáforas y de hipérboles, enriquecieron todas sus concepciones.
Los libros sagrados
de Asia, y la propia Biblia, están saturados de alegorías
y de imágenes que sería pueril tomar al
pie de la letra. Se trata de cosas orientales, creadas por orientales para
otros orientales y que no atienden al sentido práctico y realista de las razas
occidentales. ¡Y pretenden imponernos esas fantasías, por veces burlescas, como
verdaderas!
¿Qué pensará el padre Coubé que son sus lectores?
Él tiene la bondad de decirnos
que los brahmanes le afirmaron
que la idea de Satán y del infierno se halla en su religión. ¿No está ahí la
prueba evidente de que los cristianos la han copiado de las tradiciones
anteriores de miles de años?
“¡El Espiritismo –
escribe el padre Coubé – es el culto de Satán!” ix
He aquí una acusación lanzada livianamente. Ella demuestra que los estudios del eminente canónigo, respecto de ese punto, han sido muy superficiales. Un examen más atento, más profundizado, le hubiera demostrado que el diablo no existe en las manifestaciones psíquicas.
Hemos visto que el padre Coubé está en completo desacuerdo, sobre este asunto, con monseñor Chollet, el actual arzobispo de Cambray, y con otros prelados. El propio Santo Oficio, condenando las prácticas espíritas, se abstiene de tales comentarios y guarda una prudente reserva.
En efecto, he aquí un terreno peligroso para la Iglesia. Atribuir nuestros fenómenos al demonio es olvidar las almas del Purgatorio, la comunicación de los santos, la reversibilidad de los méritos, etc., es decir, todo cuanto resulta de pactos hechos con las entidades del Espacio.
Los verdaderos teólogos no pueden ignorar la analogía clamorosa que hay entre los fenómenos espíritas y los de la mística cristiana: audición de voces, casos de bilocación, levitaciones, escrita directa, visiones y apariciones. Además, los hechos de orden efectivo: Éxtasis, arrobos, estigmas, olores balsámicos, extraordinaria acuidad de los sentidos, como los de Santa Gertrudis, Santa Lydwine, la extática María Luzzati, etc.
Todo esto se
relaciona directamente con el Espiritismo experimental. Sin duda las
expresiones no son las mismas, pero, en el fondo, los hechos y las ideas
concuerdan.
Desafiamos a los teólogos a que expliquen de otra forma las extrañas manifestaciones relatadas en la vida de los santos del siglo XIV y XV, por ejemplo, las ocurridas en la vida de San Vicente Ferrer, en la de Santa Brígida, en la de Colette-Boilet, etc. De la misma forma, los fenómenos análogos relatados en las vidas de San Crisóstomo y San Martín de Tours por diversos autores. x
Solo el Espiritismo,
facilitando el descubrimiento de los estados sutiles de la materia, enrarecida
hasta lo infinito, ha hecho
comprensible la existencia de las formas invisibles de la vida y la poderosa
acción de las fuerzas ocultas.
Los teólogos del
futuro, menos ciegos por las prevenciones, encontrarán fácilmente, en el
Espiritismo, las pruebas experimentales para combatir al materialismo y para
amparar al espiritualismo frágil de las Iglesias.
Es lógico que un
católico ignorante, rutinario y crédulo no aceptará estos datos, pero un
cristiano instruido, despierto, predispuesto por su cultura intelectual y moral
a las revelaciones del Más Allá, lejos de ver en el Espiritismo un enemigo de
su creencia, en él encontrará el complemento racional y necesario para su fe,
un nuevo medio de orientar su vida hacia rumbo más elevado.
Capítulo III
Los desagradables
encuentros que podemos tener en la frontera
de los dos mundos no son los del demonio, sino los de los hombres viciosos desencarnados. Su estado de alma no es
eterno y ellos se perfeccionarán, tarde o temprano.
Ocurre, incluso
frecuentemente, en nuestras sesiones, que los espíritus atrasados y groseros
son conducidos al bien por sus conversaciones
con los espíritas. Bajo este punto de vista,
nuestra acción sobre el Más Allá es eficaz y salutífera.
Si existen los malos espíritus, también hay los buenos. Cuando, con un corazón sincero, suplicamos el socorro del Cielo, él no nos envía legiones infernales.
La intervención de los buenos espíritus es indudable si, como dice la Escritura, podemos juzgar el árbol por sus frutos. ¡Cuántos materialistas y ateos han sido reconducidos al pensamiento de Dios y de la vida futura! ¡Cuántos pobres seres desolados, desesperados por la pérdida de aquellos a quienes amaban, han gozado del consuelo y del confortamiento en su intercambio con los queridos muertos!
¡Cuántos
desgraciados, doblegados bajo el peso de la vida, consumidos por los
sufrimientos, por las enfermedades, por las decepciones, envueltos por la idea
del suicidio, han encontrado en los consejos del Más Allá – con el coraje de vivir y la fuerza
moral – una suavización de sus sufrimientos!
En las horas de
crisis que atravesamos, es particularmente cruel procurar secar o envenenar,
mediante insinuaciones maldosas, la fuente donde tantos afligidos han logrado
un remedio para sus probaciones.
El padre Mainage escribió en la Revue des Jeunes:
“Que las almas,
atrapadas por las dolorosas separaciones causadas por la guerra,
se vuelvan, confiadas, hacia la doctrina de la Iglesia: en ella hallarán
los más vivos consuelos, más pacificadores que las engañosas fantasías del
Espiritismo, que presenta falaces y perturbadoras imágenes.”
Sin embargo, apreciado padre, los desesperados de quienes hablamos han ido primeramente a la Iglesia, que ha sido impotente para darles la menor palabra de afecto y de esperanza de aquellos que les eran queridos. Jamás se sabe, con la doctrina católica, si nuestros muertos queridos están en el infierno, en el purgatorio o en otros lugares, si los reencontraremos algún día o bien si estaremos separados de ellos eternamente.
Solamente el
Espiritismo puede darnos las pruebas tangibles
de la supervivencia y de la presencia de nuestros muertos queridos, con
la certidumbre de reunirnos, tras la muerte, en la vida infinita.
A su vez, el padre Coubé nos hace parar y nos dice: “¡Desconfiad, pues el diablo es muy fino, muy astuto; él sabe adoptar todas las formas, todas las apariencias, fingirse apóstol, a fin de mejor atraer hacia sus redes!”
Conocemos bien ese
razonamiento, que no es nuevo. Hace cerca de dos mil años los padres judíos ya
acusaban al Cristo de actuar bajo la influencia de Belcebú.
Nuestra Juana de
Arco, cuya vida entera fue una epopeya espírita, un poema de mediumnidad, fue
condenada, como “hechicera, evocadora de demonios”, por un tribunal
eclesiástico en el cual figuraban, no solo el vice-inquisidor y tres obispos, sino a veces incluso hasta un centenar de
padres de todas las categorías.
Hoy,
la Iglesia, tras haber, en el Syllabus,xi lanzado anatema contra la Ciencia, la
Razón y el Progreso, condenó, por su turno, al Espiritismo. Está conforme a su
lógica. Estaba anunciado que todos los enviados de Dios serían maldecidos,
humillados, perseguidos por los religiosos.
La Iglesia no percibe que, condenando el Espiritismo, ella misma se condena, porque entonces elimina el milagro, es decir, el fenómeno espiritual que es su propia base. ¿Por cuáles poderes, con qué autoridad la Iglesia Romana se arroga para juzgar y condenar? ¿Cuál es, por tanto, el valor de sus condenaciones?
Sus pretensiones de infalibilidad reposan únicamente en las palabras de Jesús a Pedro, citadas en el Evangelio de San Mateo:
“Tú
eres Pedro; sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno
no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos y
todo cuanto desatéis sobre la Tierra quedará también desatado en los Cielos.” xii
La Iglesia afirma que esas palabras, pasando por Pedro, se dirigían a la larga sucesión de los papas del futuro. Para empezar, ¿serán auténticas? Ciertos exegetas dudan de ello y de la secuencia de las modificaciones sufridas por las Escrituras en diferentes épocas. xiii Notemos que esas palabras no se encuentran en los otros evangelios canónicos y que, cuando menos, no hablan de infalibilidad.
Se
sabe que originariamente había cincuenta y cuatro Evangelios. Fue la Iglesia,
ella sola, quien procedió a elegirlos y decidió que cuatro, los actualmente
conocidos, eran de inspiración
divina. De ello resulta que el Evangelio extrae su autoridad de la Iglesia y
que ésta, a su vez, extrae la suya del Evangelio. Ahí está un círculo vicioso,
es decir, el más pobre de los razonamientos posibles.
No hay, realmente,
cómo justificar la actitud autoritaria del clero sobre ciertas cuestiones, ni
su tendencia a fulminar todo lo que le haga sombra y pueda perjudicar su
dominación.
Más adelante, el
Evangelio de San Mateo relata un incidente ocurrido entre Jesús y Pedro, a
propósito de un viaje a Jerusalén. Jesús lanza al príncipe de los apóstoles la
siguiente exclamación:
“Apártate de mí,
Satanás, tú eres para mí motivo de escándalo, porque no comprendes las cosas que son de Dios, sino
tan solo las que son de los hombres.” xiv
Esas palabras ¿se dirigían también a todos los papas del futuro? En ningún caso ellas consagran su infalibilidad. Muestran, igualmente, que el Cristo no atribuía a las palabras “infierno” y “Satán” el sentido que la Iglesia les da, es decir, de una prisión eterna donde reina el genio del mal.
Los Evangelios están llenos de contradicciones y la Iglesia Romana desaconseja su lectura a los fieles sin el concurso de un cura que los interprete. Las Iglesias Reformadas, muy diferentes en el caso, recomiendan su estudio y libre examen, obteniendo así resultados morales superiores.
No se podría deducir de esas críticas que somos un enemigo de las religiones; por el contrario, pretendemos ser su amigo sincero y clarividente. Reconocemos, sinceramente, que la religión es necesaria para el orden social. Ella puede y debe introducir en la vida individual y colectiva elementos de disciplina, desarrollar el papel salutífero del freno, amparando las almas en el declive del vicio y del crimen.
Para ejercer tal
influencia moral, para producir todos sus efectos deseables, es preciso que
ella esté en armonía con las necesidades intelectuales, con los conocimientos y
las ideas de la época.
Por el contrario, si el divorcio se establece entre la razón y la creencia, entre las inteligencias y las conciencias, de ello resulta una perturbación profunda y la sociedad se encamina hacia el desorden, la anarquía y la confusión. Como todas las religiones de la Tierra, las Iglesias Cristianas han recibido su parte de revelaciones divinas.
El pensamiento de
Jesús ha visitado durante mucho tiempo sus santuarios, pero las religiones han cometido
el error de creer que la comunión espiritual establecida por el Cristo, entre
ellas el Mundo Invisible, tenía un carácter exclusivo y temporal, cuando esa
comunión es permanente y universal.
Hoy, la Iglesia
Católica se ha vuelto impotente cara a las doctrinas del negativismo porque sus
participantes, ya hemos tenido ocasión de decirlo, exigen pruebas sensibles y
demostraciones científicas y positivas.
Asociándose estrechamente a la política reaccionaria, a los partidos retrógrados, la Iglesia se ha vuelto impopular en Francia y ha perdido su prestigio y autoridad. Sin duda durante el curso de la guerra, muchos de sus miembros cumplieron noblemente su deber, pero el Vaticano ha agravado su situación al tender ostensivamente hacia los imperios centrales, tan pronto como creyó en su victoria.
En medio de las
probaciones terribles que nos asaltan, ante el creciente peligro, la voz de
Dios se hace oír y las incontables legiones del Espacio han sido convocadas.
Ellas han retomado el contacto terrestre, a fin de despertar en el hombre el
sentimiento de la inmortalidad, con la noción de los deberes y de las responsabilidades
que de ello resultan.
Si la Iglesia hubiese comprendido sus verdaderos deberes, hubiera corrido a acoger ese socorro del cielo y hubiera dado a los fenómenos el lugar que les era debido. Hubiera presentido que allí hay una manifestación de la voluntad superior, a la cual sería pueril e inútil oponerse; hubiera obtenido en los hechos psíquicos los elementos para una renovación, el medio de infundir en su cuerpo desgastado, disecado por los siglos, una sangre, un espíritu nuevo, y de desempeñar todavía un papel importante en la obra del progreso humano.
En cambio, si en su
ceguera ella sigue guardando una actitud hostil, como la de calificar de
satánico lo que es de orden divino; si ella persiste en rehusar la mano que se
le tiende desde lo Alto, para salvarla, entonces ella misma se condenará a una
muerte lenta, a la caída y a la ruina.
Se podrá aplicar a sus representantes, a sus defensores, las palabras de la Escritura: “Tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no oyen.”
Segunda Parte
La Reencarnación y la Iglesia
Capítulo IV
Inicialmente, observemos la intención que se revela en el hecho de reunir y de confundir dos ideas diferentes, a fin de arrojar sobre la primera el descrédito que recae sobre la otra. Los antiguos entendían por metempsicosis el paso del alma para el cuerpo de los animales. Es verdad que ciertos escritores y filósofos aplican esa palabra también al paso de las almas a otros cuerpos humanos. La reencarnación se designa mucho más frecuentemente bajo el nombre de “palingenesia”.
En la opinión
corriente, el término metempsicosis ha guardado su sentido estrecho y peyorativo.
El padre Coubé, como
conocedor del tema, iguala dos términos
que generalmente se excluyen, con la esperanza de aprovecharse de los equívocos
que de ello puedan resultar para la mayor parte de sus lectores. No obstante,
él no ignora que los espíritas repelen con energía toda hipótesis de la caída
del alma hacia el reino animal. Nosotros creemos en la evolución y no en el retroceso.
Nuestro periespíritu o cuerpo fluídico, que es el molde del cuerpo material en el nacimiento, no se presta a las formas animales y tal razón por sí sola, bastaría para hacer imposible semejante regresión.
Los mismos argumentos encontramos en otras críticas del padre Coubé.xv Todas las sutilezas de la dialéctica, todos los recursos de la casuística y del silogismo, han sido puestos en acción para lanzar el descrédito sobre la doctrina de la reencarnación. Sin embargo, pese a las habilidades de una inteligencia maleable, insinuante, ingeniosa en desfigurar, en tergiversar las cosas más sencillas y más claras, la gran ley de los renacimientos se impone con tanta fuerza que obliga por veces al elocuente predicador a doblegarse y rendirle homenaje.
Por ejemplo, tras
haberla calificado de “sistema mediocre y ridículo”, e incluso “locura o
impostura”; tras haber dicho: “La reencarnación lleva el mal al triunfo
universal”, el autor deja escapar (en la página 218 de la citada revista): “La
reencarnación no es por sí misma una idea impía y no parece intrínsecamente
imposible”; y más adelante: “La reencarnación, en rigor, podría conciliarse con
el dogma del cielo cristiano.”
¡Extraordinario
poder, el de la Verdad, que hace inclinarse a sus propios detractores y los
obliga a proclamarla!
He aquí un caso bastante notable de psicología, y aunque el estudio crítico del padre Coubé sobre la reencarnación no produjese otro resultado más que ponerla en destaque, aún deberíamos agradecer su tentativa. Fiel a la acostumbrada práctica, el padre Coubé asemeja doctrinas opuestas, a fin de poder englobarlas en una sola condenación. Así hace él al confrontar el Espiritismo con la Teosofía; no nos ocupamos con esta última porque tiene quien la defienda.
En cuanto al
Espiritismo, por sus fenómenos que son de todas las épocas y de todos los
lugares, por mil circunstancias en la vida de los santos, por toda la mística cristiana,
ha sido clasificado en el mismo rol
y, para expulsarlo de ahí, sería necesario demoler, por entero, todo el
edificio católico.xvi
Los testimonios
de las más respetables autoridades eclesiásticas son concluyentes sobre este punto. Hemos citado tan solo algunos de ellos, pero hay
otros muchos.
En la Doctrina
Espírita también los encontramos. La doctrina de las vidas anteriores y sucesivas
imperaba en toda la cristiandad
en los tres primeros siglos, y hay eminentes prelados que todavía la aceptan en
nuestros días.
La reencarnación es afirmada en los Evangelios con una precisión que no deja lugar a cualquier duda:
“Él es el propio Elías que debía venir.” (Mateo, 11: 14-15), dijo el Cristo, respecto de Juan el Bautista. Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Qué dicen los judíos del Hijo del Hombre?” y ellos le responden: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías y, otros más, Jeremías, o uno de los profetas.” (Mateo, 16:13-14 y Marcos, 8:27-28).
Los judíos, y con ellos los discípulos, creían entonces en la posibilidad del renacimiento del alma en otros cuerpos humanos. Los Evangelios, normalmente ricos en metáforas, son de una nitidez notable sobre esta cuestión.
La misma convicción
se deduce de la conversación con Nicodemo y de la cuestión del ciego de
nacimiento. xvii Es preciso estar ciego para negar una
evidencia tal.
No es a nuestros
obstinados contradictores, a nuestros adversarios intransigentes, sino a los
hombres imparciales, desprovistos de prejuicios mezquinos, libres en sus
enjuiciamientos, a quienes presentamos la cuestión, dejando que ellos se
manifiesten.
El Cristianismo primitivo estaba enteramente impregnado de esa doctrina de las vidas sucesivas, que fue también la de Platón y la de la Escuela de Alejandría. Todas las corrientes del pensamiento oriental coincidían y transmitían, a la nueva religión, una vida joven y ardiente. Los más ilustres de entre los cristianos, bebían en esas fuentes los elementos de su ciencia y de su genio.
Orígenes, Clemente, la mayor parte de los padres griegos, enseñaban la pluralidad de las existencias del alma. Ya en el siglo IV, San Jerónimo, en su controversia con Vigilantius, reconocía que la creencia en las vidas sucesivas era la de la mayoría de los cristianos de su tiempo.
Sobre ese punto de doctrina, Orígenes no fue condenado por la Iglesia, como cree en padre Coubé. El Concilio de Calcedonia y el V de Constantinopla rechazaron no la creencia en la pluralidad de las vidas del alma, sino, simplemente, la opinión de Orígenes de que la unión del espíritu al cuerpo es siempre una punición y que el alma, inicialmente, vivió en un estado angélico.
Ese ilustre pensador, San Jerónimo, consideraba cómo “el mayor de los cristianos, después de los apóstoles”, no se daba cuenta de la ley de la educación y de la evolución de los seres. En realidad, la Iglesia nunca se ha pronunciado sobre la cuestión de las existencias sucesivas, quedando como un problema para solución futura. En todas las épocas, eminentes miembros del clero católico adoptaron esa creencia y la afirmaron públicamente.
En el siglo XV, el cardenal Nicolás de Cusa sostuvo, en pleno Vaticano, la teoría de la pluralidad de las existencias del alma y la de los mundos habitados, no tan solo con la aquiescencia, sino con los aplausos sucesivos de dos papas: Eugenio IV y Nicolás V. xviii
Y he aquí otros testimonios más recientes:
G.
Calderone, director de La Filosofía della
Scienza, de Palermo, que abrió una gran encuesta sobre las ideas de
nuestros contemporáneos sobre la reencarnación, publicó algunas cartas
intercambiadas entre monseñor L. Passavalli, arzobispo vicario de la Basílica de San
Pedro, en Roma, y Tancredo Canonico, senador del Reino, guarda de los sellos,
presidente de la Corte Suprema de Casación en Italia y católico convicto.
Citemos dos fragmentos de una carta de monseñor
Passavalli:
“Han desaparecido para siempre de mi espíritu, esas dificultades que me perturbaban, cuando Estanislao, de santa memoria, xix a cuyo espíritu yo atribuyo en gran parte esa nueva luz que me esclarece, me anunciaba, por primera vez, la doctrina de la pluralidad de las vidas del hombre. Estoy bastante feliz por ver el efecto saludable de esa verdad sobre el alma de mi hermano.”
Otra cita:
“Me parece que si
pudiésemos propagar la idea de la pluralidad
de las existencias, tanto en este como en el otro mundo, como un medio para llevar a cabo la expiación y la
purificación del hombre, con la finalidad de hacerlo digno de sí y de la vida
inmortal de los Cielos, ya se habría dado un gran paso, porque eso bastaría
para resolver los más difíciles y arduos problemas que agitan, actualmente, las
inteligencias humanas.
Cuanto más pienso en
esa verdad, más ella me parece grande y fecunda en sus consecuencias prácticas para la
religión y la sociedad.”
Firmado: Louis, arzobispo.
De la correspondencia
inédita de T. Canonico, publicada últimamente en Turín, resulta que el mismo
había sido iniciado en
la creencia de la reencarnación por Towiansky, escritor católico bien conocido.
En una extensa carta
de fecha 30 de diciembre de 1884, él expone las razones
por las cuales considera que esa creencia nada tiene contra la religión
católica, apoyándose en varias citas de la Santa Escritura.xx
Podríamos
multiplicar las citas, si no temiésemos fatigar al lector.
Ya hemos dicho lo bastante para demostrar que, sobre la cuestión de las reencarnaciones, al igual que sobre la de los fenómenos y sus causas, nos hallamos ante las mismas contradicciones, las mismas incertidumbres, por no decir incoherencias de la Iglesia Romana. No obstante sus pretensiones en cuanto a la unidad de visión y a la infalibilidad, las oposiciones y las divergencias no faltan en su seno.
Así, causa asombro
el tono arrogante de sus representantes cuando entre ellos hay tantas dudas y
vacilaciones en lo que se refiere a los más esenciales problemas de la vida
futura y del destino humano.
El padre Coubé,
según sus propias palabras, hace comparecer la reencarnación ante el tríplice
tribunal de la Religión, de la Moral y de la Filosofía. Es una temeraria
empresa, porque el enjuiciamiento que él provoca podrá terminar en un fracaso completo.
Observemos, inicialmente en lo que atañe a las religiones, que seiscientos millones de
asiáticos, brahmanistas y budistas comparten nuestra creencia.
Fue también la
creencia de los egipcios, de los griegos y de los celtas, nuestros ancestros; por consiguiente,
ella forma parte de nuestra herencia
nacional.
Hemos visto que el primitivo Cristianismo estuvo impregnado de esas ideas hasta el siglo IV; en nuestros
días, las encontramos también en el Islamismo, en forma de ciertas
suratas del Corán.xxi
De ello resulta que
la reencarnación es, o fue, admitida por todas las religiones; solamente el
Catolicismo y las otras ramas del
Cristianismo moderno escapan a la regla universal, después de hacer el silencio y la oscuridad sobre
ciertos pasajes de la Escritura que afirmaban las vidas anteriores.
La Filosofía también le ha proporcionado las más bellas inspiraciones. Pitágoras, que la divulgó, fue considerado como un genio por toda la Antigüedad. Platón fue apodado el divino por los padres de la Iglesia de Oriente. La Escuela de Alejandría, con su pléyade de escritores, Filón, Plotino, etc., le dio sus más brillantes obras. Kant y Spinosa la entreveían; más recientemente, la lista de los hombres ilustres que la adoptaron, desde Víctor Hugo hasta Manzini, llenaría una página entera.
Aún ahora ella reaparece en las teorías de Bergson, que parecen revolucionar el pensamiento contemporáneo. En cuanto a la moral, ésta solo puede beneficiarse con la doctrina de las vidas sucesivas.
La convicción de que
el hombre es el constructor de sus propios destinos, de que todo cuanto le
ocurre, bueno o malo, recae sobre él, en sombras o luces, estimula su andadura
ascensional y lo obliga a velar, escrupulosamente, por sus actos.
Siendo cada una de
nuestras existencias, buenas o malas, la consecuencia rigurosa de las que la
han precedido y la preparación de las
que le siguen, veremos en los males de la vida el correctivo necesario de
nuestros errores pasados y evitaremos recaer en ellos.
Tal correctivo será
mucho más eficaz que el temor a los suplicios infernales, en los cuales ya
nadie cree, ni siquiera aquellos que hablan de ellos con una seguridad más
fantástica que
real.
Con
el principio de las reencarnaciones, todo se aclara; todos los problemas se
resuelven; el orden y la justicia aparecen en el Universo.
La vida toma un
carácter más noble, más elevado; se convierte en una conquista gradual y, por nuestros
esfuerzos y con el concurso de lo
Alto, se adquiere un futuro siempre mejor. El hombre siente aumentar su fe, su
confianza en Dios y, de esa concepción ampliada, la vida social recibe
profundas repercusiones.
Por el contrario,
¿no es una pobre y lamentable idea, la que consiste en creer que Dios nos
concede una sola existencia para mejorarnos y progresar?
¿Cómo una existencia
cuya duración es de algunos años, de algunos meses o solamente de pocas horas
para algunos, de ochenta a cien años para otros, tan diferente según las condiciones y el medio donde estemos
colocados, según las facultades y los recursos que nos son ofrecidos, puede ser
la única base
sobre la cual reposa todo el conjunto de nuestros inmortales destinos?
¿No ve el padre Coubé la contradicción, la falta de equilibrio que
existe entre una concepción tan estrecha, tan insuficiente de la vida, y la amplitud, la majestad que se
revelan en el plan general de la naturaleza?
¿Cómo
puede él conciliar la justicia y la bondad de Dios con la situación de las criaturas mortinatas, la de los que solo
viven pocos instantes, o la de los condenados a sufrir desde la cuna y por veces durante muchos años?
¿No sabe él que esos
problemas han constituido la desesperación de numerosos teólogos?
La existencia humana
no se armoniza con el conjunto de las cosas, si no encontramos en ella la misma
relación que existe en el orden
universal. Ahora bien, esa relación solo puede producirse bajo la forma de vidas anteriores y
sucesivas.
El Ser Infinito no
nos niega ilimitados medios para la reparación, el rescate y la renovación. Sin
embargo nuestro respetable contradictor se niega a ver en la ley de las
reencarnaciones una aplicación posible y satisfactoria de la idea de justicia,
y escribe:
“Con semejante
doctrina, Dios está desarmado frente al mal.
El culpable, en lugar de enmendarse, permanecerá obstinado en el mal y se hundirá en
él, cada vez más. La reencarnación no es una sanción, porque deja al hombre
libre.”
¿Para expresarse así, el padre Coubé nunca ha evaluado toda la extensión de los sufrimientos de nuestro mundo? ¿No ha visto la larga fila de las enfermedades, de los flagelos, en una palabra, todo el doloroso cortejo de las miserias humanas?
Basta una mirada
atenta, lanzada a nuestro alrededor, para reconocer en el dolor físico y moral,
bajo sus múltiples aspectos, mil maneras
de realizar la expiación en la justicia y, al mismo tiempo, de propiciar la
educación de las almas, mientras que las perspectivas de un infierno quimérico
no presentan sentido práctico, ni objetivo útil, y no satisfacen, de manera
ninguna, las exigencias de la sabia razón y de la soberana equidad.
En cuanto a la
argumentación del olvido del pasado, que tantas
veces hemos refutado, nos limitaremos a remitir al padre Coubé a las
experiencias sobre la renovación de la memoria de las vidas anteriores, a las reminiscencias de ilustres
personalidades, a las de los niños prodigio y a tantos otros hechos, controlados, verificados,
reconocidos como exactos y que el espacio de este artículo no nos permite reproducir.xxii
Bastará apelar,
sobre este punto, del padre Coubé poco esclarecido en esa materia,
para el padre Coubé mejor informado.
Capítulo V
Ante
tal pregunta, la Iglesia Católica solo presenta respuestas vagas y confusas.
Es, dice ella, la consecuencia de la impiedad de los pueblos, de su
alejamiento de la religión, del desprecio a sus preceptos y a sus derechos
temporales.
La
Iglesia olvida que el más católico y el más practicante de los pueblos,
Bélgica, fue el primero que sufrió, con más intensidad, los horrores de la
última guerra.xxiii.
Olvida que otra nación católica, Austria, contribuyó para que la guerra se desencadenase.
Dos monarcas devotos, meticulosos y observantes de las prácticas
religiosas, teniendo siempre el nombre de Dios en la boca, uno católico y el
otro protestante, cargarán para siempre la pesada responsabilidad de los
crímenes cometidos y de los ríos de sangre derramada.
La enseñanza de la Iglesia, con su doctrina de una única existencia
para cada alma, es impotente para explicar tales dramas. Es necesario buscar
otra explicación.
Solamente la filosofía de las vidas sucesivas, la comprensión de la
ley general del progreso, puede darnos la solución del problema y conciliar la
bondad y justicia de Dios con las tragedias de la Historia.
Recordemos
primeramente que cuando invaden la atmósfera los vapores maléficos y el aire se
torna difícilmente respirable, la tempestad se desata y viene a purificar el
ambiente terrestre.
De la misma
forma, cuando en el seno de nuestro organismo
se desarrollan elementos mórbidos, cuando los microbios infecciosos
aumentan en número, sobreviene una crisis y la fiebre aparece.
Es la lucha
entre los buenos y los malos infusorios que pueblan
el cuerpo humano. Si estamos destinados a vivir, la lucha proseguirá hasta
destruir los peligrosos parásitos y nuestro cuerpo recuperará la salud y el
vigor.
Es así el organismo social y planetario.
Dios no se
desinteresa de nuestros males. Él vela por la humanidad sufriente como un padre
médico por su hijo enfermo, dosificando sus medicamentos, de forma a conseguir
de sus sufrimientos un estado de vida más saludable y mejor.
La Humanidad, ya
lo hemos dicho, está compuesta, en su gran mayoría, por las mismas almas que
retornan por varias vidas, prosiguiendo en su progreso, en su perfeccionamiento
individual, contribuyendo al progreso general. Renacen en el ambiente terrestre
hasta que hayan conseguido las cualidades morales necesarias para subir más
alto.
En su evolución,
a través de los siglos, la Humanidad ha sufrido crisis que marcan las etapas de su evolución. Actualmente, ella está apenas saliendo de
su capullo, de su ganga impura y grosera, para despertar rumbo a una vida
superior. Nuestra civilización es toda superficial y oculta un fondo
considerable de atraso.
La reciente
guerra representa la lucha de los instintos egoístas y brutales contra las
aspiraciones al Derecho, a la Justicia y a la Libertad.
En el curso de
sus primeras existencias terrestres, el alma
debe, por encima de todo, construir su personalidad y desarrollar su
conciencia. Es el período del egoísmo, cuando el ser atrae todo hacia sí,
retirando del dominio común las fuerzas, los elementos necesarios para
constituir su “yo”, su propia originalidad.
En el período
siguiente, restituirá, irradiará, repartiendo con todos lo que ha adquirido,
sin disminuirse con ello, porque, en ese orden de cosas, quien da se acrecienta
y, el que se sacrifica, acumula.
La Humanidad, en su
andadura, ya lo hemos afirmado, ha llegado al punto de transición entre tales
estados. Para cada uno de nosotros,
la juventud es el momento más crítico de la vida, porque, por nuestra
inexperiencia, nuestro arrebatamiento, ella puede cometer actos que retarden
nuestra evolución y comprometan nuestro destino.
Lo mismo pasa con
la Humanidad. Hoy, su pasado se depara con las faltas, los errores, los
crímenes, las traiciones, las perfidias, las expoliaciones que necesitan
expiación a través del dolor y las lágrimas. De ahí la crisis actual.
La tempestad ha
barrido los miasmas deletéreos que envenenaban nuestra atmósfera. El capital del egoísmo y del odio, acumulado
por los siglos y acrecido por los males del presente, debe ser saldado.
Es además la
reacción de los elementos sanos contra los elementos en descomposición y, por
consiguiente, un medio de educación y de mejoramiento.
En presencia de
los males causados por la guerra, los corazones más fríos, los más indiferentes, se emocionan; la piedad
y la sensibilidad se despiertan.
Es necesario todavía
el crisol del sufrimiento para que el orgullo feroz de unos, la apatía, la
indiferencia y el sensualismo de
otros se atenúen, se deshagan y desaparezcan. En una palabra, son necesarias
duras lecciones para despertar a nuestro mundo material atrasado.
En cuanto a las
víctimas de la guerra, ellas habían aceptado
sus probaciones antes de renacer, ya fuese para un rescate o bien para
progresar.
Sin duda, el
recuerdo de las resoluciones tomadas fue borrado de sus cerebros materiales y
los padres Coubé y Mainage no dejarían de extraer argumentos de ese olvido
temporal.
Que ellos
reflexionen sobre la situación del hombre que conociese anticipadamente su
destino y viese acercándose a él, día
a día, acontecimientos terribles que habrían de envolverlo y masacrarlo entre
sus engranajes.
Las almas humanas
aún son muy frágiles para soportar un fardo tan pesado.
Es una bendición
de Dios el dejar esto para un último instante, en la ignorancia del futuro,
facultando entera libertad de acción.
Para comprender
lo que sucede en nuestro entorno es preciso por tanto reunir en un mismo
concepto la ley de evolución y de las
responsabilidades o de la consecuencia de los actos, que recaen, a través de
los tiempos, sobre los que los han practicado.
La ignorancia de estas leyes, de los deberes y de las sanciones que
ellas determinan, es la razón de los males y de los sufrimientos del momento
actual. Si la Iglesia las hubiese enseñado, no veríamos, ciertamente, abrirse
bajo nuestros pies un tal abismo de males.
Esos principios
ella los ha conocido otrora y su doctrina extrajo de ellos un brillo y un
provecho incomparables; no obstante, en los tiempos bárbaros, ha preferido los
espantajos infantiles, inventados para impresionar a un mundo ignorante.
Ahora, frente a
los grandes problemas que se levantan, ella permanece vacilante, confundida,
impotente para atender a las lamentaciones y a las recriminaciones que se
elevan por todas partes; para disipar las dudas que despiertan, en muchos
espíritus, la injusticia aparente de la suerte y la crueldad del destino.
Pues bien. Lo
que la Iglesia no quiere o no puede hacer, el Espiritismo lo llevará a cabo. Él
ha abierto todas las grandes puertas del mundo invisible que la Iglesia había
cerrado hace siglos, y por ellas rayos de luz y tesoros de consuelo y de
esperanza se esparcirán, cada vez más, sobre las aflicciones humanas.
Pasada la tormenta, las nubes oscuras que nos ocultaban el cielo se disipan. Un claro rayo de sol brilla sobre las ruinas amontonadas y una nueva era comienza para la Humanidad.
Las ciencias
psíquicas adquieren una extensión considerable y aportan elementos de
renovación para todos los dominios del pensamiento y del arte. La propia
religión deberá tener en cuenta las pruebas de la supervivencia.
Grandes cosas
sucederán, dicen los Espíritus. Almas valerosas se reencarnarán entre nosotros
para dar un vigoroso impulso al progreso general.
La conciencia
humana se desprenderá de las estrechuras del materialismo y la filosofía se
espiritualizará.
La incredulidad, que constituye el fondo del carácter francés, incluso
en la mayor parte de los católicos, que solo actúan por la costumbre y por la
rutina, se transformará, poco a poco, en una fe esclarecida, basada en la razón
y en los hechos.
La vida social se
transformará con la educación, y la moral ejercerá sus derechos.
No hay duda de que estaremos aún lejos de la perfección, pero, por lo menos, se habrá dado un paso considerable en la vía
del progreso, acercándonos a la unidad de visión a través de una comprensión más alta y más clara de la idea de Dios y de las leyes
universales de Justicia y Armonía.
Capítulo VI
Sus críticas, que no inspiran ningún sentimiento de imparcialidad, que no se sostienen en un conocimiento profundo del tema, se disipan como vana humareda al menor examen. Incluso en el seno de la iglesia Romana, ellas están en contradicción sobre esos puntos esenciales con los pensadores y escritores ilustres.
Es bien evidente que la campaña emprendida por orden superior contra nosotros no ha sido precedida de un estudio serio de la cuestión. La debilidad de los razonamientos demuestra la insuficiencia de la preparación. El mayor recurso, el refugio supremo del padre Coubé, es siempre la teoría del infierno. En cada página de L’Idéal, él retorna a esa teoría como una verdadera obsesión. Para él, eso lo resuelve todo. Se complace en métodos ya trasnochados, que la mayoría de los predicadores ya no emplea, desde hace mucho tiempo.
¿No
es de extrañar ver ese odio que, durante siglos, ha causado tantas
perturbaciones mentales, ha provocado tantas devastaciones, ha engendrado
abusos incontables, afectando aún a ciertos cerebros eclesiásticos?
A su vez, el padre Mainage osa escribir en la Revue des Jeunes:
“El Espiritismo conduce al desequilibrio de las facultades mentales.”
Sería oportuno
recordar los casos
de locura mística
causados por el tema de las penas eternas.
Por ejemplo, el de aquel
padre de familia (del cual
todos los periódicos han dado noticia) que estranguló a sus hijos pequeñitos
para que gozasen de las delicias del paraíso, dado su estado de inocencia… Si
bien no hemos de insistir más en ese asunto.
En su apología sobre el infierno, el padre Coubé así se expresa:
“El infierno no es, en sí, una crueldad, porque la crueldad consiste en hacer sufrir a una criatura para regocijarse con sus dolores, por tanto, más allá de lo que ella merece y de lo que el orden reclama.”
Responderemos que es siempre cruel infligir a un ser sufrimientos que
no dejan cualquier esperanza y que no admiten solución alguna. En el Universo
entero, el sufrimiento es, principalmente, un proceso educativo y purificador.
Considerándolo como una expiación temporal, desde el punto de vista de
la justicia divina y según el Espiritismo, él se nos aparece como un recurso de
evolución, pues, desarrollando nuestra sensibilidad, nos hace progresar,
volviendo más intensa nuestra vida, al paso que, con las penas eternas, no es
más que una baja venganza, una
crueldad inútil.
Ahora
bien, Dios nada hace sin una finalidad y ese objetivo es siempre grande,
generoso y provechoso para sus criaturas.
El padre Coubé no debe ignorar que la mayor parte de los teólogos ha
renunciado a la teoría de las penas eternas. En efecto, se ha establecido que
el término en hebraico, que se traduce por “eterno”, no significa “sin fin”,
sino tan solo “de larga duración”.
La Biblia califica como eternas muchas cosas que ya han desaparecido
con el tiempo, por ejemplo, el monumento que
Josué mandó erigir para conmemorar la llegada del pueblo de Israel a la
Tierra prometida.
¿No sería un estudio bien curioso el de los esfuerzos de imaginación
intentados por nuestros adversarios para escorar esa teoría que se desmorona
por todos los lados?
Con ese objetivo, ellos han venido acumulando las contradicciones sobre
los errores y las imposibilidades. Por ejemplo
¿cómo entender que Dios haya podido imponer
a Satán la tarea de atormentar, en el Más Allá, a los que lo han servido
en este mundo?
Las almas de los condenados, dicen, sufren al mismo tiempo tormentos físicos y torturas morales, pero como causa asombro que los espíritus puedan sufrir materialmente, se ha creado el dogma de la resurrección de la carne, es decir, la reconstitución final del cuerpo humano, cuyos elementos, dispersos por todas las corrientes de la naturaleza, servirían, sucesivamente, a mil formas de vida.
¿A cuál de esas formas humanas serán restituidos tales elementos?
¡Terrible cuestión!
Otra consideración más, no menos embarazosa: Dios, en su presciencia, conociendo por anticipación la suerte de las almas,
¿las
habría creado, en su gran mayoría, para perderlas, ya que según la célebre
sentencia “muchos son los llamados y pocos los elegidos”?
¡Cuánta
confusión, cuando es más fácil descubrir la Verdad! Basta echar un vistazo en
torno a nosotros para reconocer que el dolor físico reina, soberano, en nuestro
mundo.
La Tierra es el verdadero purgatorio, el infierno temporal.
El sufrimiento de las almas, en la vida del Espacio, solo puede ser
moral. Éste resulta, dicen los espíritus, de la acción de la conciencia, que se revela imperiosa,
hasta entre las almas más atrasadas. El espíritu sufre, principalmente, por el
recuerdo de sus existencias pasadas.
En medio de tantas oscuridades acumuladas por la Iglesia, no es extraño
que la pobre Humanidad haya perdido su rumbo, y vaya errante, sin brújula, a
merced de las tempestades de la pasión, de la duda y de la desesperación.
Ojalá que el Espiritismo venga a aclarar, para todos, el camino de la
vida. Con él ya no hay afirmaciones sin pruebas y, por consiguiente, sin efecto
posible sobre los materialistas.
El
Espiritismo reposa sobre un conjunto de hechos y de testimonios que, aumentando
siempre, garantizan su lugar en la Ciencia y le preparan un espléndido futuro.
Todos los recientes descubrimientos de la Física y de la Química han confirmado
sus experiencias.
La
aplicación de los rayos X, los trabajos de Becquerel y de Curie sobre las
maravillosas propiedades radiantes de los cuerpos han demostrado,
objetivamente, aquello que los espíritus han enseñado hace mucho tiempo, es
decir, que hay estados sutiles de la materia y formas de vida hasta entonces
desconocidas por los sabios.
El Espiritismo no nos revela tan solo las leyes profundas de ese mundo invisible al que pertenecemos. Desde ahora, por los elementos esenciales e imperecederos de nuestro ser, él nos muestra, por todas partes, el orden y la justicia en el Universo; establece las responsabilidades de la conciencia humana y la certidumbre de las divinas sanciones, cosas que exasperan a los ateos y perturban la calma de los gozadores.
¡Y son esas doctrinas, esas enseñanzas del más elevado y austero
espiritualismo, lo que se afirma ser dictadas e inspiradas por Satán!
El Espiritismo es, al mismo tiempo, una ciencia y una fe. Como fe,
pertenecemos no a ese cristianismo desfigurado, amezquindado, rebajado por el
fanatismo, por la beatería de los corazones amargados y de las almas
pequeñitas, sino a la religión que une el hombre con Dios, en Espíritu y
Verdad.
Jamás hemos soñado
crear un Nuevo
Evangelio. El de Jesús,
en su interpretación real, nos basta plenamente. Estamos por las doctrinas
amplias, en las cuales el alma humana encuentra un abrigo, donde el corazón se
expande, donde la Verdad resplandece
como un diamante puro de mil facetas, donde las alas del pensamiento ya no
quedan oprimidas en su vuelo hacia lo Infinito, según la propia palabra de la
Biblia: Ubi spiritus, ubi libertas.xxiv
¡La Iglesia que no admite esta divisa no es la nuestra!
Apoyados
en esa ciencia y en esa fe, somos invulnerables y aguardamos confiados el
futuro.
Si, un día, el gran ideal intelectual deseado por los sabios,
entrevisto por todos los renovadores, llega a realizarse por el acuerdo entre
la Ciencia y la Fe, al Espiritismo, a sus laboriosas investigaciones, a su consoladora y elevada filosofía,
es a quien lo deberá la Humanidad.
Gracias a él se cumplirá
la bella profecía
de Claude Bernard: “Vendrá la hora en que el sabio,
el pensador, el cura y el poeta hablarán el mismo idioma.”
Conclusión
Ella fue, en los tiempos bárbaros, el asilo del pensamiento y de las
artes y, durante siglos, la educadora del mundo. Todavía hoy, sus instituciones
beneméritas cubren la Tierra.
En cambio, la obra de la iglesia hubiera sido incomparablemente más
bella, más eficiente, si hubiese enseñado siempre la Verdad en su plenitud, si
hubiese hecho la luz completa sobre
el destino humano, si hubiese mostrado a todos el objetivo noble y elevado,
aunque lejano, de nuestras existencias.
¡Cómo hubiera crecido su autoridad, cómo hubiera aumentado su
prestigio, si, en lugar de arrullar a las generaciones con vanas quimeras, ella
les hubiese mostrado a Dios en la majestad de sus leyes, en el esplendor y en la
armonía de sus universos, ofreciendo a todos sus hijos las posibilidades de la
reparación por las probaciones, del rescate por el sufrimiento, y guiando la
ascensión eterna de todos los seres hacia estados siempre mejores, en una
creciente participación en sus obras sublimes!
Si
la Iglesia hubiese hecho esto, no veríamos la indiferencia, la incredulidad y
el materialismo expandirse, provocando sus destrucciones por todas partes.
Si
la Iglesia hubiese enseñado, bajo sus formas reales, las leyes de justicia y de
responsabilidad, la comunión íntima de los dos mundos y la certidumbre del
reencuentro con aquellos que amamos, no veríamos tantas rebeliones contra Dios,
tanta desesperación y suicidios. No veríamos las pasiones, las codicias, los
furores desencadenarse sobre nosotros y, tal vez, tampoco a nuestro desgraciado
país amenazado de caer en un estado de decadencia moral irremediable.
También, constatando los efectos de sus enseñanzas, podemos preguntar si nuestros contradictores en sus afirmaciones y sus críticas, están realmente seguros de sí mismos, para seguir la vía trazada por lo Alto.
Las dudas, las vacilaciones de numerosos curas, sus luchas interiores y
sus confidencias, nos llevan a creer lo contrario.
Cruel es la situación de tantos hombres respetables, puestos entre las
exigencias de su razón y las del dogma. Esta situación se agravará aún más y
hará doloroso el día en que, trasponiendo los portales del Más Allá, ellos se
hallen en presencia de la multitud de aquellos a quienes tenían el deber de
guiar, de aconsejar, de dirigir, que les preguntarán, con insistencia, por qué
las condiciones de la vida espiritual se encuentran tan diferentes de todo
cuanto les habían enseñado en este mundo.
Y
si el Cristo, el Maestro de todos nosotros, apareciendo en el brillo de su
gloria, les pide cuentas, a su vez, de la misión confiada y del uso de su
verdadera doctrina, ¿qué respuesta le darán?
Ante esas eventualidades temibles, no insistiremos y dejaremos a la conciencia de nuestros adversarios la obligación de la respuesta.
Transcribimos, a continuación, un fragmento de la obra Léon Denis, el Apóstol del Espiritismo, su
Vida, su Obra, de autoría de Gaston Luce, que aborda el libro que ahora
traducimos:
Ese
conocimiento se concretiza de dos modos: la Ciencia, que es toda observación y
experiencia, es la obra humana; después, la Revelación, que es obra del Mundo
Invisible.
Es
indispensable que las dos corrientes de enseñanza concuerden en sus
conclusiones y adoptándolas es como la Religión se hace realmente eficaz y
atiende a las necesidades y a las aspiraciones de una época”.
Es
el Espiritismo lo que garantizará la síntesis de la ciencia y de la Revelación. Por él serán formadas
las almas, preparadas contra el mal y sometidas a la ley del deber y de las
disciplinas sociales, porque no habrá renovación posible de otra forma.
Por
él se impondrán las líneas maestras, las formas exactas de esa Religión del
futuro, que se esboza y se prepara bajo tantos puntos, en el momento actual;
Religión de fraternidad y de amor, anunciada hace dos mil años por el Cristo,
que los hombres aún no han podido
comprender y practicar.
Los
ataques habían recomenzado y la campaña contra el Espiritismo aumentaba en
violencia.
El
padre Coubé, en sus guiones de predicación y en la revista L’Idéal; el
padre Mainage, en su púlpito, en la Libre
Parole y en la Revue des Jeunes;
los cardenales inquisidores del Santo Oficio, en Roma, todos se unían contra la
herejía espírita.
¿Qué
afirmaba el padre Coubé en sus sermones y qué escribía el padre Mainage en sus artículos? Nada nuevo.
Los fenómenos espíritas – escribía el eminente director de la Universidad Católica – tienen por
origen “un principio malo, muy activo, que emplea los medios para cegar a las
almas y perderlas”.xxv
A esta opinión Léon Denis contraponía a Monseñor Chollet, obispo de
Verdún y antiguo profesor de la Facultad Católica; a Monseñor Benson, hijo del
arzobispo de Cantuaria, convertido a la religión católica, cuyos escritos no
son en nada opuestos al Espiritismo; al padre Lacordaire; al cardenal Bona, el Fénelon
de Italia. Remontaba a Santo Tomás de Aquino, a San Agustín, estableciendo
fácilmente que los católicos, sobre ese tema,
estaban en completa contradicción.
El
Espiritismo – escribía el padre Coubé, prosiguiendo en una idea fija – es el
culto a Satanás.
Sería preciso demostrar, inicialmente, que Satanás tiene existencia
real, lo cual no está demostrado.
Ese viejo símbolo del Maniqueísmo,xxvi ya está muy desgastado, respondía el
Maestro; ya ha servido para tanto temor, que no tiene más eficacia y se trata
de un terreno resbaladizo para la Iglesia.
“Atribuir a los demonios los fenómenos espíritas es olvidar las almas
del Purgatorio, la comunión de los Santos, la reversibilidad de los méritos,
etc., es decir, todo cuanto resulta de los pactos efectuados con las Entidades
del Espacio.
Los verdaderos teólogos no pueden desconocer la analogía clamorosa que
hay entre los fenómenos espíritas y los de la doctrina cristiana.”
Parece que, aunque un poco tardíamente, esto va siendo hoy comprendido.
El escritor espírita destacaba, a continuación, con energía, lo muy
contraria que es la actitud de la Iglesia contemporánea para con su propia
doctrina, y perjudicial para sus propios intereses y los de la civilización
entera.
Para introducir elementos de disciplina en la vida individual y colectiva, la religión debe ponerse en armonía con las necesidades intelectuales, con los conocimientos y las aspiraciones de la época.
Ahora bien, la iglesia Católica y las Iglesias Cristianas “han
perpetrado el error de creer que la comunión espiritual establecida por el
Cristo entre ellas y el mundo invisible, tenía un carácter exclusivo y
temporal, cuando esa comunión es, en verdad, permanente y universal.
Se
concluye que ha secado, para ellas, la fuente de donde manan abundantemente las
fuerzas, los socorros y las inspiraciones de lo Alto.
El
influjo divino ya no viene a fecundar el espíritu del Catolicismo; la
incredulidad y el ateísmo lo han sumergido todo.
En ese mismo cuadernillo, las contradicciones de la Iglesia estaban señaladas con gran vigor de argumentación. Un importante capítulo sobre la Reencarnación terminaba esa incisiva, elocuente y corajosa defensa de la Doctrina.
Notas:
i “Bulletin Mensuel de la Ligue de la Communion Fréquente et Quotidiene.”
iii Ver, principalmente, No Invisível, capítulo XXIII.
iv Actualmente, arzobispo de Cambray (1921).
v Reproducido por Matin,
de 15 de abril de 1912.
vi Swetchine,
Anne-Sophie (1782-1857), escritora francesa, de nacionalidad rusa, autora de Letters e Pensées, de inspiración mística.
vii
Se trata, evidentemente, de un cristiano católico.
viii
De Cura pro Mortuis, edición benedictina, tomo VI, Col.
527.
ix Ver L’Idéal, julio de 1917, pág. 326.
x Ver Le Spiritisme dans l’Église, por Chevreuil (1923,
págs. 282 a 285).
xi Syllabus (en
portugués, Sílabo): lista de errores condenados por el Papa. El Sílabo promulgado por Pío IX, en 1864, es una
recopilación de 80 proposiciones latinas que contienen los principales errores
filosóficos, políticos, morales, doctrinarios, etc., condenados por la Iglesia.
In: Lello Universal.
xiii
Ver mi libro Cristianismo y Espiritismo, Caps. II e III.
xv En sus conferencias
de París y del interior y en su libro La
Réligion Spirite, el padre Mainage se entrega a una refutación análoga
sobre la doctrina das vidas sucesivas.
xvi
Le Spiritisme dans
l’Èglise, de L. Chevreuio - Jouve et Cie., editeurs, 1923.
xviiEl padre Didon lo confirma, en estos
términos, en su Vie de Jésus: “Se creía, entre
los judíos, en el retorno
del alma de los
muertos a los vivos.”.
El sabio benedictino Don Calmet así se expresa, en su comentario sobre el pasaje das Escrituras, relativo al ciego de nacimiento: “Varios doctores judíos creían que las almas de Adán, Abraham, de Fineas animaron, sucesivamente, a varios hombres de su nación. No es por tanto, nada extraño que los apóstoles hayan razonado como se razonaba entonces respecto del ciego de nacimiento y que creyesen que él había cometido algún pecado secreto, y que eso lo había llevado a aquella situación.”
xviiiVer Méditations sur la Loi du Progrès; La Statistique Morale et la Verité
Religieuse, por el coronel Dusaert - París Didier, 1882.
xix
Monseñor Estanislau Fialkowsky, muerto en Cracovia,
el 18 de enero de 1885.
xx Ver Annales des Sciences Psychiques, septiembre de 1912.
xxi
Surata: nombre dado a los capítulos del Corán, libro
sagrado dos musulmanes, escrito en árabe, compuesto por 114 suratas o capítulos.
xxiiVer mi libro O Problema
do Ser, do Destino e da Dor.
xxiiiEl
autor se refiere
a la 1ª Gran Guerra.
xxiv“Donde está el espíritu del Señor
ahí está la libertad”. (II Corintios, 3:17).
xxv Ver el cuadernillo Le Spiritisme et le Clergé Catholique -
Editions de B.P.S., Rua Copernic nº 8 - París.
xxviManiqueísmo: Doctrina según la cual el Universo fue creado y está dominado por dos principios antagónicos e irreducibles. Dios o el Bien absoluto, y el mal absoluto, o el diablo. In: Novo Dicionário Aurélio da Língua Portuguesa.

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